Tu equipo comparte reuniones. ¿También comparte confianza?

Las habilidades de un equipo necesitan espacios para ponerse en práctica. Escuchar, pedir ayuda y discrepar también dependen de cómo nos relacionamos en el trabajo.

OPINIÓN

Juanjo Marle

10/23/20264 min leer

Podemos saber quién entrega a tiempo, quién domina una herramienta y quién lleva más años en la empresa, y conocer muy poco de cómo esas personas necesitan trabajar con los demás.

Compartir el calendario permite coordinar tareas. Conocerse exige algo más: descubrir qué le cuesta a un compañero, cómo interpreta una discrepancia o en qué momento necesita ayuda aunque todavía no la haya pedido.

Me parece una cuestión central para quienes gestionamos personas. Pedimos comunicación, iniciativa, empatía y colaboración en las ofertas de empleo. Las incorporamos a nuestros modelos de competencias y las evaluamos en entrevistas. Pero, una vez dentro, ¿qué oportunidades ofrecemos para ejercerlas? ¿Cuánto espacio tiene alguien para reconocer que no sabe, plantear una idea incompleta o pedir que le expliquen algo otra vez?

Pensemos en una reunión en la que el responsable pregunta si hay dudas mientras recoge el ordenador porque empieza la siguiente. Formalmente ha dado la oportunidad de hablar. En la práctica, ha demostrado que no hay espacio para nada más. Quizá alguien necesite ordenar lo que quiere decir; quizá prefiera preguntar sin público. Esa pequeña escena invita a revisar qué estamos llamando participación.

Cuando hablamos de desarrollar habilidades, conviene mirar también esas condiciones. Una persona puede saber escuchar y trabajar en un entorno que premia responder antes que comprender. Puede tener criterio propio y aprender a callárselo después de varias interrupciones. Antes de concluir que a un equipo le falta compromiso o capacidad de colaboración, deberíamos preguntarnos qué ocurre cuando alguien intenta ponerlos en práctica.

Aquí es donde creo que los espacios de encuentro y el teambuilding pueden aportar valor. Compartir una actividad distinta a la habitual permite ensayar otras formas de relacionarse. Al resolver juntos un reto, organizar algo o aprender una tarea nueva, tenemos la oportunidad de cambiar de papel: quien suele dar instrucciones puede necesitar ayuda y quien interviene poco puede encontrar una forma diferente de contribuir.

Eso requiere diseñar la experiencia con intención. Si queremos trabajar la escucha, habrá que dar tiempo para comprender propuestas antes de elegir una. Si buscamos colaboración, el reto debería necesitar aportaciones distintas. Si pretendemos revisar cómo tomamos decisiones, tendremos que observar quién habla, quién decide y qué hacemos con las alternativas. La actividad adquiere sentido cuando sabemos qué queremos aprender de ella.

También necesitamos prudencia al interpretar lo que ocurre. Que alguien disfrute hablando ante un grupo durante una escapada no lo convierte automáticamente en mejor líder. Que otra persona prefiera observar no demuestra falta de implicación. Sería un error convertir un encuentro pensado para acercarnos en un examen informal de personalidad. Participar debería permitir explorar, equivocarse y elegir cuánto compartir.

Por eso me importa que estos espacios tengan en cuenta a quienes no disfrutan de la exposición, no pueden quedarse fuera de su horario o necesitan adaptaciones para participar. La conexión difícilmente puede construirse exigiendo a todo el mundo la misma manera de divertirse. Y nadie debería sentir que tiene que contar su vida privada para demostrar que forma parte del equipo.

Hay otra parte a la que prestaría tanta atención como a la actividad: la conversación posterior. ¿En qué momento dejamos de escucharnos? ¿Qué hizo alguien que nos ayudó a avanzar? ¿Qué propuesta descartamos demasiado deprisa? Son preguntas que permiten pasar de una experiencia compartida a una reflexión útil. Sin ese espacio, es fácil recordar quién ganó y olvidar cómo nos organizamos.

Después llega la prueba del lunes. Si durante la dinámica descubrimos que siempre deciden los mismos, podemos probar a recoger ideas por escrito antes de abrir el debate en la siguiente reunión. Si vimos que pedir ayuda evitaba errores, podemos acordar cómo hacerlo antes de que una entrega se complique. Un cambio pequeño y concreto ofrece una forma de dar continuidad a lo aprendido.

Aun así, sería injusto cargar sobre una jornada de convivencia la responsabilidad de arreglar problemas de gestión. Una actividad compartida tiene un alcance limitado si después se mantienen cargas imposibles, decisiones arbitrarias o faltas de respeto. Quien dirige también debe sostener en el día a día la escucha y la colaboración que pide durante el encuentro. De lo contrario, la invitación a confiar pierde credibilidad.

Esta reflexión nos incluye a quienes trabajamos en Recursos Humanos, selección, orientación o liderazgo. Dedicamos mucho tiempo a acompañar a otros, facilitar conversaciones y diseñar experiencias para los equipos. También necesitamos lugares donde compartir una duda sin tener que presentar primero una solución; donde intercambiar prácticas y reconocer que hay situaciones que todavía nos cuesta gestionar.

De esa inquietud nació el retiRRHHo, un encuentro que creé para compartir tiempo, aprendizaje y conversaciones entre profesionales del mundo de las personas. La edición número 11 tendrá lugar del 30 de octubre al 1 de noviembre en una antigua ermita de Cuenca, con dinámicas de equipo y convivencia, esta vez con ambientación de Halloween. Es una manera de llevar estas ideas a la práctica y seguir aprendiendo juntos. Quien quiera conocer la propuesta puede encontrarla en https://juanjo-marle.systeme.io/hr-halloween.

La pregunta que me gustaría dejar abierta para cualquier equipo es esta: ¿qué espacio estamos dando a las conversaciones que necesitamos tener, pero que nunca caben en la agenda?