Solo el 44% de los españoles valora positivamente su salud mental: una señal de alerta también para las empresas
Un estudio de Cigna Healthcare revela que el 32% de la población ha tenido dificultades para realizar actividades personales debido a su estado de salud mental. La presión cotidiana, la hiperconectividad y la falta de descanso reabren el debate sobre cómo prevenir el desgaste emocional dentro y fuera del trabajo.
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La salud mental se ha convertido en una prioridad declarada para muchas organizaciones. Se habla de bienestar emocional, prevención del estrés, desconexión digital y liderazgo saludable. Sin embargo, los datos siguen mostrando una distancia considerable entre la importancia que concedemos al bienestar y cómo nos sentimos realmente.
Solo el 44% de los españoles valora positivamente su salud mental, según los resultados del Cigna Healthcare International Health Study, difundidos con motivo del Día Mundial de la Salud Mental, que se celebra el 10 de octubre.
El informe recoge además que el 32% de la población española ha experimentado dificultades para realizar sus actividades personales debido a su estado de salud mental. Un 29% ha reducido el tiempo dedicado a esas actividades y otro 29% ha limitado sus relaciones y actividades habituales con familiares y amigos.
Las cifras dibujan una realidad que va más allá del ámbito sanitario. El bienestar emocional condiciona la vida cotidiana, las relaciones personales y la capacidad para afrontar las responsabilidades diarias.
Y aunque estos datos no permiten atribuir el malestar directamente al trabajo, sí plantean una pregunta importante para Recursos Humanos: ¿hasta qué punto las organizaciones están contribuyendo a reducir la presión que experimentan las personas o, por el contrario, están añadiendo nuevas exigencias a su día a día?
Hemos normalizado estar siempre disponibles
Uno de los aspectos que destaca Cigna Healthcare es la dificultad creciente para encontrar espacios de desconexión.
Las notificaciones constantes, las responsabilidades profesionales y personales, la presión social y la exposición continua a estímulos digitales pueden favorecer una sensación de saturación mental.
La disponibilidad permanente se ha convertido en una expectativa habitual en muchos entornos, hasta el punto de que descansar puede llegar a generar una sensación de culpa.
«Hemos normalizado un ritmo de vida en el que parece que siempre tenemos que estar ocupados, disponibles y conectados, hasta el punto de sentir culpa por descansar o no hacer nada», explica la doctora Daniela Silva, especialista en Medicina Interna y E Health Medical Manager de Cigna Healthcare España.
La especialista advierte de que, cuando apenas dejamos espacio para desconectar y recuperarnos del estrés cotidiano, resulta más difícil gestionar las emociones y afrontar las dificultades.
Esta reflexión conecta directamente con una de las contradicciones del trabajo actual.
Las herramientas digitales han facilitado la flexibilidad y la colaboración, pero también pueden difuminar los límites entre la jornada laboral y el tiempo personal.
Poder trabajar desde cualquier lugar no debería significar tener que estar disponible en cualquier momento.
La desconexión digital, por tanto, no depende únicamente de que una persona decida dejar de consultar el correo. También requiere expectativas claras sobre los tiempos de respuesta, los horarios y las situaciones que realmente justifican una interrupción.
Cuando el malestar empieza a limitar la vida personal
Uno de los datos más relevantes del estudio es el impacto que la salud mental tiene sobre las actividades cotidianas.
Que casi uno de cada tres españoles reconozca dificultades para desarrollar determinadas actividades personales muestra que el malestar emocional puede extenderse a distintas dimensiones de la vida.
No se trata únicamente de sentirse cansado o atravesar un periodo de estrés.
El estudio apunta a situaciones en las que las personas reducen su participación en actividades habituales o encuentran mayores dificultades para mantener sus relaciones sociales.
Cigna Healthcare identifica distintos factores que pueden contribuir al desgaste emocional: incertidumbre económica, dificultades de conciliación, sobrecarga de responsabilidades, relaciones personales, falta de descanso y exposición constante a las pantallas.
Son circunstancias que pueden acumularse y reforzarse entre sí.
Una persona puede experimentar presión laboral, dificultades familiares y preocupaciones económicas al mismo tiempo. Separar completamente esos factores resulta complicado, aunque sea importante no atribuir automáticamente todos ellos al entorno profesional.
Para Recursos Humanos, esta realidad exige una mirada más amplia sobre el bienestar.
Los empleados no llegan al trabajo desconectados de lo que sucede en el resto de sus vidas. Y tampoco dejan necesariamente de pensar en el trabajo cuando termina su jornada.
El bienestar no se resuelve únicamente con hábitos individuales
Con motivo del Día Mundial de la Salud Mental, Cigna Healthcare propone seis medidas cotidianas para favorecer el bienestar emocional: reducir la exposición a pantallas, priorizar las relaciones presenciales, aprovechar la luz natural, incorporar actividad física, mantener una alimentación equilibrada sin rigidez, cuidar el descanso y reservar momentos sin obligaciones.
Son recomendaciones orientadas a la prevención y al autocuidado, pero también invitan a reflexionar sobre las condiciones que permiten ponerlas en práctica.
Resulta difícil desconectar si se reciben mensajes laborales continuamente fuera de horario. También puede ser complicado incorporar pausas si las cargas de trabajo no dejan margen para realizarlas.
Del mismo modo, recomendar actividad física o descanso puede tener un alcance limitado cuando una persona afronta jornadas excesivas, horarios imprevisibles o dificultades persistentes para conciliar.
Esto no resta valor a los hábitos individuales. Simplemente recuerda que la salud mental no puede convertirse en una responsabilidad exclusiva del empleado.
Las organizaciones también influyen en el bienestar a través de decisiones relacionadas con la carga de trabajo, la autonomía, la planificación, el liderazgo y la gestión de los conflictos.
Por eso, una estrategia de bienestar necesita combinar recursos de apoyo personal con medidas que actúen sobre las condiciones reales del trabajo.
La desconexión y el descanso también son cuestiones organizativas
Entre las recomendaciones de Cigna Healthcare aparece una idea especialmente relevante: reservar momentos del día sin ninguna actividad prevista.
La compañía recuerda que no todo el tiempo libre necesita estar ocupado por deporte, compromisos sociales o actividades de desarrollo personal.
En ocasiones, descansar significa precisamente no tener que cumplir ningún objetivo.
Esta reflexión resulta pertinente en una cultura profesional que ha extendido la lógica de la productividad a prácticamente todos los ámbitos de la vida.
Aprender constantemente, mantenerse activo, desarrollar nuevas competencias y aprovechar cada momento pueden ser aspiraciones positivas. Pero también pueden convertirse en nuevas fuentes de presión cuando desaparece la posibilidad de detenerse.
El descanso no debería interpretarse como una recompensa después de haber completado todas las obligaciones.
Es una necesidad que forma parte del equilibrio cotidiano.
Para las empresas, reconocerlo implica revisar comportamientos aparentemente normales: reuniones encadenadas sin pausas, mensajes enviados fuera de horario, urgencias recurrentes o culturas donde estar ocupado se confunde con aportar valor.
No basta con promover la desconexión si la organización sigue premiando la disponibilidad permanente.
La prevención empieza antes de que aparezca el problema
El informe de Cigna Healthcare pone el foco en la prevención y en la importancia de reconocer los propios límites antes de que el estrés se acumule.
En el ámbito laboral, esa mirada preventiva también debería trasladarse a la forma en que las empresas identifican y gestionan los riesgos psicosociales.
Esperar a que aparezcan señales graves de desgaste, conflictos persistentes o bajas laborales significa intervenir cuando parte del problema ya se ha manifestado.
La prevención requiere observar cómo se distribuyen las cargas de trabajo, qué margen de autonomía tienen los profesionales, cómo se gestionan las exigencias emocionales de determinados puestos y qué capacidad existe para detectar situaciones de sobrecarga.
También exige prestar atención a los responsables de equipo.
Los managers desempeñan un papel decisivo en la experiencia diaria de los empleados, pero no siempre cuentan con la formación, el tiempo o los recursos necesarios para gestionar conversaciones relacionadas con el bienestar emocional.
Su función no es diagnosticar problemas de salud mental ni sustituir a profesionales sanitarios, sino contribuir a crear condiciones de trabajo saludables, identificar señales de alerta y facilitar el acceso a los recursos adecuados.
De hablar de bienestar a revisar cómo trabajamos
El Día Mundial de la Salud Mental ofrece cada año una oportunidad para recordar la importancia del bienestar emocional.
Sin embargo, para Recursos Humanos, el verdadero desafío empieza cuando termina la campaña de sensibilización.
El dato de Cigna Healthcare —solo el 44% de los españoles valora positivamente su salud mental— no describe por sí solo la situación dentro de las empresas ni permite establecer una relación causal con las condiciones laborales. Pero sí recuerda que las organizaciones desarrollan su actividad en una sociedad donde una parte importante de las personas experimenta dificultades relacionadas con su bienestar.
Y esa realidad no puede quedar al margen de las decisiones sobre liderazgo, organización del trabajo y experiencia del empleado.
Las iniciativas individuales de autocuidado pueden ayudar. Los programas de apoyo psicológico también desempeñan una función relevante. Pero ninguna de estas medidas debería sustituir la revisión de los factores organizativos que pueden contribuir al desgaste.
Quizá la conversación más importante para los departamentos de Personas no sea cuántas actividades de bienestar ofrecen, sino qué aspectos de su propia cultura y forma de trabajar están facilitando —o dificultando— que las personas puedan sentirse bien.
Porque cuidar la salud mental en el trabajo no consiste únicamente en enseñar a gestionar mejor el estrés.
También consiste en preguntarse cuánto estrés innecesario estamos generando desde la propia organización.
