Sobrestímulo intelectual, pobreza emocional: el estrés que no se ve
Cuanto más aprendemos a gestionar la información, más fácil resulta olvidar escuchar la principal fuente de información que tenemos: nuestro propio cuerpo.
OPINIÓN


Hoy quiero contarte una historia real (con un nombre ficticio, por supuesto) para que después puedas comprender mi reflexión.
Esta es la historia de Isabel:
"Isabel es empleada de una empresa de desarrollo tecnológico y ocupa un puesto de dirección de equipo.
En una ocasión empezó a sentirse mal por la tarde y se asustó porque no podía respirar bien y le dolía el pecho, así que decidió ir a urgencias.
Después de las primeras pruebas, el médico le comentó que creía que había sufrido un ataque de ansiedad, pero, como los resultados no eran del todo concluyentes, iba a dejarla esa noche en observación y a la mañana siguiente repetiría las pruebas para asegurarse de que no se trataba de un problema cardíaco.
En ese momento, Isabel le dijo que eso no era posible, que a la mañana siguiente tenía una reunión en Madrid a las nueve, que estaba dirigiendo un proyecto importantísimo y que no podía aplazar la cita.
El médico, con calma, le explicó que no era nada recomendable que hiciera ese viaje y que no le daría el alta. Si quería marcharse, tendría que solicitar el alta voluntaria y asumir la responsabilidad.
Isabel no lo pensó. Pidió el alta y firmó el documento."
La primera vez que Isabel contó esta historia en público fue al inicio de una formación de mindfulness para la reducción del estrés. Cuando terminó el relato dijo:
"No me había dado cuenta hasta ahora de lo irresponsable que fui en ese momento conmigo misma y con mi salud."
Así funciona el estrés cuando lo normalizamos y lo intelectualizamos: lo verdaderamente importante lo perdemos de vista.
Nos excedemos con la información intelectual y estamos absolutamente desconectados de la información somática. Y ahí nuestra carencia nos debilita.
Pensamos tanto y sentimos tan poco nuestro cuerpo que el estrés se vuelve invisible. Y lo invisible es aquello que no gestionas ni puedes modificar: en salud, en claridad, en tiempo y en calidad de vida.
Vivimos instalados en la cabeza. Reuniones, correos, decisiones, análisis constante... El cerebro cognitivo trabaja a un ritmo al que no le damos ni un segundo de tregua.
Cuanta más tecnología utilizamos, más nos saturamos porque no gestionamos tanta información en evolución constante.
Abrimos frentes de atención infinitos pensando que podemos con todos, y ahí caemos en la desconexión.
Mientras la mente acelera, el cuerpo —que es donde realmente se registra el estrés— queda desconectado, silenciado e ignorado.
Y ahí está la trampa: el estrés no se identifica a nivel mental por la persona que lo sufre; se manifiesta en el cuerpo.
Una tensión en el cuello, una respiración corta y acelerada, un sueño que no llega o que no produce descanso, una conversación que no tenemos, unas emociones que no escuchamos...
Las señales del cuerpo se generan mucho antes de que la mente sea capaz de decir: "Estoy estresado".
El problema es que, cuando vivimos desconectados de nuestras sensaciones físicas, esas señales pasan de largo. No las vemos porque no las sentimos.
El coste de no sentir
Esta desconexión tiene un precio, y no es pequeño.
• Para la persona: agotamiento que aparece de golpe, sin previo aviso, porque las alarmas tempranas nunca se escucharon.
• Insomnio, trastornos digestivos, problemas de piel, músculos agarrotados en el cuello o las mandíbulas, trastornos cardiovasculares, etc.
La neurociencia lo confirma: la interocepción (la capacidad de percibir las señales internas del cuerpo) es uno de los predictores más fiables de la regulación emocional y de la resiliencia ante el estrés.
Cuanto más desconectados estamos de nuestro cuerpo, menos margen de maniobra tenemos antes de que el estrés se convierta en crónico.
Recuperar la señal
La buena noticia es que esta capacidad se entrena.
Prácticas como el mindfulness, la respiración consciente, la conciencia psicosensorial o el yoga no son un lujo ni una moda: son un entrenamiento sistemático de la atención hacia el cuerpo que permite detectar el estrés en su fase inicial, cuando todavía es manejable.
No se trata de pensar menos.
Se trata de sentir a tiempo para poder regular y gestionar adecuadamente.
Una de las herramientas más cercanas e importantes para lograrlo es la respiración, pero de ella hablaré en otro artículo.
¿Y tú, sientes tu cuerpo?
