¿Seguro que no hay neurodivergentes en tu lugar de trabajo?

Muchas personas neurodivergentes siguen siendo invisibles en las organizaciones. No porque no estén, sino porque han aprendido a ocultarse en entornos que todavía les exigen parecer «normales».

OPINIÓN

Guadalupe del Carmen de la Peña

9/13/20264 min leer

Hace unos meses una gerente me dijo, muy tranquila, al terminar una sesión: «Eso en mi empresa no hay». No lo dudo. Pero aquella tarde estuve revisando estimaciones de prevalencia —la revisión más citada, la de Nancy Doyle en el British Medical Bulletin, estima que entre un 15 y un 20 % de la población es neurodivergente— y con su plantilla de unas 90 personas salían trece o catorce. Trece o catorce personas neurodivergentes delante de ella todos los días. Solo que nadie los veía, porque habían aprendido a fingir muy bien.

Lo que casi nadie cuenta de la neurodivergencia en el trabajo es el coste emocional que paga la persona que lo esconde. Y la investigación sobre esto —el trabajo de Doyle y McDowall en Reino Unido sobre enmascaramiento y divulgación de neurodivergencia— coincide en un punto: comunicar la condición a la empresa sigue siendo la excepción, y muchas veces porque el entorno no invita a hacerlo. Que no lo digas no significa que no te reste.

Piensa lo que supone: preparar cada respuesta, ensayar cada reunión, aguantar el ruido sin decir nada, recibir feedback delante de diez personas sin inmutarse, reírse en el momento equivocado para no parecer raro. En salud laboral eso tiene nombre —esfuerzo emocional y carga de enmascaramiento— y la evidencia lo vincula de forma consistente con ansiedad, agotamiento y bajas. Cuarenta horas a la semana. Sin nómina. Y con desgaste acumulativo, que es lo peor: no es un mal día, es un interés compuesto que corre en contra.

A veces la gente se esfuerza en esconder lo que hace bien. He conocido a alguien que apuntaba todo en una libreta clandestina porque anotarlo le parecía «poco profesional», y a otra persona que necesitaba releer los emails dos veces y sentía vergüenza de que se notara. Ocultar virtudes. Cuando eso pasa en una organización, el problema ya no es de ninguna persona concreta: es un síntoma de cultura.

El programa de contratación neurodiversa de SAP, pionero en esto, lleva años documentando algo incómodo para los planes de mejora: cuando el entorno se adapta, el rendimiento no solo aparece, sino que sorprende. Piensa en el contraste. La misma persona, en una empresa donde todo es urgente, todo es ruido y todo se decide en reuniones caóticas, rinde mal, le ponen un plan de mejora y a los diez meses está fuera, con la conclusión de «baja tolerancia a la presión». La misma persona, con prioridades claras por escrito, bloques de concentración protegidos y reuniones con orden del día, acaba siendo de las mejores resolviendo problemas complejos. Eso no es una cuestión de carácter. Es diseño.

Y el diseño no puede depender de que la persona hable, porque quien lleva años enmascarando no va a pedir nada. Pedir es confesar, y confesar en una cultura que no lo ha cuidado puede costar el puesto.

Por eso la ISO 45003 sobre gestión del riesgo psicosocial va justamente en esa dirección: identificar y evaluar los factores de riesgo es responsabilidad de la organización, no esperar a que la plantilla denuncie. Lo mismo lleva diciendo la OMS en su marco de salud mental en el trabajo, y EU-OSHA insiste en que los riesgos psicosociales se gestionen con el mismo rigor que cualquier otro riesgo laboral.

¿Qué te recomendaría yo para comenzar a mirar a los no vistos?

Primero, la selección: la mayoría de los procesos filtran por capacidad de entretener en una entrevista de veinte minutos, que es justo la parte que menos predice el desempeño real.

Segundo, el onboarding: quien es neurodivergente absorbe en las primeras semanas el mensaje verdadero de la empresa, si puede ser quien es o no, y ese mensaje no lo escribe nadie, se filtra solo.

Tercero, los managers: no hace falta que sepan nada de diagnóstico, que no les toca; hace falta que sepan escuchar condiciones de trabajo y adaptar sin dramatizar. Ahí, además, la ley ya no es opcional —la Ley General de Derechos de las Personas con Discapacidad, tras la reforma de 2021, obliga a ajustes razonables en el empleo—. Mejor que lleguen por convicción que por inspección.

Y, por último, no hay que perder de vista la desconexión y la rotación por equipos, no solo como un fenómeno general en la organización, sino identificar qué hay en el fondo. Un equipo donde nadie discrepa y todos parecen idénticos no es un equipo cohesionado. A veces es un equipo donde todos están enmascarando. El silencio en las reuniones también es un dato, solo que no cabe en el dashboard.

No te dejo tres preguntas retóricas de remate. Te dejo una sola cosa: esta semana, observa en tu equipo quién habla siempre en las reuniones y quién calla. No para forzar a nadie, no para sacarlo a colación, no para convertirlo en el tema del coffee. Solo para empezar a ver.

Esto es, realmente, lo que las organizaciones deben observar en su diagnóstico de cultura: mirar la empresa real, la de los pasillos y las reuniones, no la de la página web, y convertirla en bienestar laboral verificable, alineado con estándares como la ISO 45003 y, sobre todo, que sea sostenible en el tiempo. El trabajo no debería quitarnos salud. Tampoco debería obligarnos a gastar la mejor energía de la carrera en parecer normales.

A mí me cambió la manera de entender los equipos cuando empecé a mirar esto de verdad. Puede que a ti también.