Queremos talento del futuro con procesos de selección del pasado

Las empresas hablan de innovación, cultura y experiencia empleado, pero muchas siguen seleccionando con procesos lentos, sin transparencia y descuidados. Lógicamente, el talento se da cuenta.

OPINIÓN

Juanjo Marle

6/22/20264 min leer

Hay empresas que han aprendido muy bien el lenguaje del talento. Hablan de cultura, propósito, flexibilidad, liderazgo, bienestar, diversidad e innovación. De poner a las personas en el centro (aunque nadie sabe muy bien dónde queda el centro y si eso es bueno).

El problema es que, muchas veces, todo ese discurso se cae en cuanto empieza un proceso de selección.

Una oferta sin salario. Tres semanas sin respuesta. Una entrevista improvisada. Un manager que no se ha leído el CV. Un proceso de seis fases para una posición que no lo necesita. Una prueba técnica que se siente como trabajar gratis. Un “te decimos algo la semana que viene” que nunca llega.

Y entonces pasa que la marca empleadora deja de ser lo que la empresa dice de sí misma y empieza a ser lo que la persona candidata vive en primera persona (siempre fue así).

Este es, sin duda, uno de los grandes puntos ciegos de muchas organizaciones.

Durante años hemos tratado el proceso de selección como una especie de filtro. Como una herramienta para separar a quienes valen de quienes no. Como si la empresa estuviera en una posición superior y el candidato tuviera que demostrar, casi agradecer, que se le conceda una oportunidad.

Pero el mercado ya no funciona exactamente así. Y menos mal.

Hoy una entrevista no es solo un momento en el que la empresa evalúa a una persona. También es un momento en el que esa persona evalúa a la empresa. Mira cómo se comunica. Mira si hay claridad. Mira si se respeta su tiempo. Mira si el discurso de cultura encaja con la experiencia real. Mira si quien entrevista sabe lo que busca o simplemente improvisa preguntas.

Me gusta verlo como ir a probarte unos pantalones. Quizá te guste un estilo o un color determinado, pero en el probador es cuando te imaginas cómo te van a quedar en tu día a día y si van a ser cómodos, bonitos, etc. Lo mismo pasa en una entrevista de trabajo, así que los recruiters y los encargados del proceso de selección necesitan generar el mejor impacto en los candidatos.

La selección no va solo de evaluar competencias. Va de construir confianza. O de romperla si las cosas se hacen mal, claro.

Una empresa puede tener una web preciosa, vídeos inspiradores, publicaciones muy cuidadas en LinkedIn y una presentación corporativa llena de palabras grandes. Pero si después tarda un mes en dar respuesta, oculta el salario, cambia las condiciones a mitad del proceso o deja a una persona sin feedback después de varias entrevistas, el mensaje real ya está enviado.

No hace falta decir mucho más. La experiencia del candidato habla por la empresa y a veces habla fatal.

Lo curioso es que muchas compañías siguen preguntándose por qué les cuesta atraer talento. Lo explican con frases como “el mercado está complicado”, “la gente ya no se compromete”, “los jóvenes tienen otras prioridades” o “no encontramos perfiles buenos”.

A veces es verdad. Hay sectores difíciles, perfiles escasos y mercados muy competitivos. Pero otras veces convendría hacerse otra pregunta menos cómoda:

¿De verdad falta talento o la empresa no está siendo suficientemente atractiva para el talento que quiere?

Porque no siempre el problema está fuera. A veces el problema está en una oferta que no dice nada. En una propuesta de valor que suena igual que todas. En una entrevista mal preparada. En un proceso demasiado largo. En una falta de transparencia que, en 2026, es prácticamente intolerable.

Seguimos viendo ofertas que piden “capacidad de adaptación” cuando quieren decir disponibilidad permanente.
“Ambiente dinámico” cuando quieren decir desorden.
“Salario competitivo” cuando no quieren poner una cifra.
“Plan de carrera” cuando nadie sabe explicar cómo se crece dentro.
“Somos una familia” cuando en realidad hay poca estructura, poca claridad y demasiada dependencia emocional del compromiso de la plantilla.

El talento ha aprendido a leer entre líneas. Y esto no significa que las empresas tengan que vender humo en sentido contrario, ni prometer lo que no pueden cumplir, ni convertir cada proceso en una experiencia artificialmente perfecta. Seleccionar bien exige criterio, hacer preguntas difíciles, contrastar información y decir que no.

Pero una cosa es ser exigente y otra muy distinta es ser descuidado.

Una empresa puede ser rigurosa y, al mismo tiempo, clara. Puede ser exigente y, al mismo tiempo, respetuosa. Puede decidir no contratar a una persona y, aun así, cuidar la forma en la que comunica esa decisión.

Porque en selección la forma también es fondo. La manera en que una compañía selecciona dice mucho de cómo trabaja. De cómo decide. De cómo lidera. De cómo entiende el poder. De cómo trata a quien todavía no pertenece a la organización. Y quizá ahí está una de las pruebas más honestas de la cultura: en cómo tratas a alguien que aún no tiene ninguna obligación contigo.

Por eso me cuesta entender que algunas empresas inviertan tantos recursos en employer branding y tan poca atención en sus procesos de selección.

Porque el employer branding no se construye solo en una campaña. También se construye en una llamada, un email, una entrevista, una explicación honesta y en una respuesta que se da a tiempo y con sentido. Y encima todas estas cosas son gratis.

Un candidato que vive una mala experiencia no solo se cae de un proceso. Se lleva una opinión. La recuerda. La comparte. La comenta con otros profesionales. Y, en algunos casos, también era cliente, proveedor, prescriptor o futuro embajador de esa marca.

En un mercado donde la reputación viaja rápido, cada proceso de selección es una pequeña pieza de comunicación corporativa. Aunque nadie la haya diseñado como tal.

Ahora que hablamos tanto de inteligencia artificial, automatización y nuevas herramientas de recruiting, quizá conviene recordar algo bastante básico: digitalizar un mal proceso no lo convierte en un buen proceso.

Puedes automatizar respuestas y seguir comunicándote mal. Puedes usar IA para cribar candidaturas y seguir filtrando talento de forma pobre. Puedes tener una tecnología muy avanzada y mantener una experiencia fría, opaca y poco humana.

La verdadera innovación en selección no consiste solo en incorporar herramientas. Consiste en pensar mejor. Diseñar mejor. Preguntar mejor. Comunicar mejor. Decidir mejor.

Y, sobre todo, entender que el talento ya no vive el proceso de selección como un trámite unilateral.

Lo vive como una muestra anticipada de lo que puede esperar de esa empresa.

Por eso, quizá ha llegado el momento de dejar de pedir talento del futuro mientras mantenemos procesos de selección del pasado.