Primero, el amor; segundo, la técnica

Hacer las cosas bien —de eso sabía Gaudí—, bien y bellas. Ante el reto de la excelencia, la competitividad y la productividad, necesitamos recordar el alma de las cosas bien hechas.

OPINIÓN

Juan Martinez

7/26/20264 min leer

Si algo es indiscutible es la maestría en las obras de Gaudí. Siendo un genio del cálculo estructural, sostenía que el dominio técnico era estéril si el artesano no ponía amor —dedicación, entrega— en lo que hacía. Recientemente, ante la culminación de la Sagrada Familia de Barcelona, recordamos su máxima: «Para hacer las cosas bien hace falta: primero, el amor; segundo, la técnica».

En un tiempo en el que muchas organizaciones buscan productividad sin preguntarse por el sentido, la frase de Gaudí supera la reflexión estética para convertirse en una pregunta de gestión: ¿cómo esperamos excelencia si las personas ya no sienten propio aquello que hacen?

Mi intención es evitar que sean olvidadas para que los corazones vuelvan a habitar nuestras mentes, porque cuando las personas aman lo que hacen, comprenden para qué lo hacen y se sienten parte de algo valioso, la técnica deja de ser un procedimiento frío y se convierte en oficio, compromiso y resultado.

Ya en el siglo XXI, el iPod, precursor del iPhone, fue revolucionario porque el equipo que lo diseñó amaba personalmente la música. Steve Jobs comprendía que el amor puesto en aquello que haces es una garantía de dedicación, involucración y excelencia. Gaudí lo entendía desde otro lugar: el amor del artesano por el significado espiritual de su obra, por el orgullo de haber contribuido a un legado y por la belleza de lo bien hecho.

Hay un relato que ilustra esta dimensión: cuando un viajero pregunta a tres artesanos qué hacen mientras pican piedra, el primero responde malhumorado: «Pico piedra»; el segundo dice: «Me gano la vida»; pero el tercero contesta con una sonrisa: «Estoy construyendo la catedral de Santiago». Reinterpretar el trabajo para verlo como parte de un propósito mayor transforma radicalmente la actitud hacia ese trabajo.

Esta dimensión permite conectar el trabajo con objetivos personales, ideales y pasiones, creando un sentido de trascendencia en actividades que, de otro modo, podrían parecer rutinarias. Eso es despertar el amor de las personas por lo que hacen.

Primero, el amor; segundo, la técnica. Y en ese orden es importante, porque el compromiso nace de poner corazón en aquello que haces, porque lo haces tuyo, lo sientes, lo entiendes. Luego va la técnica, totalmente necesaria: el trabajo que lo materializa, la perseverancia para desechar y repetir si no es suficientemente bueno. No es uno u otro, son ambos y en orden, desde el corazón hacia la ejecución.

Activar el corazón no se logra con más postureos vacíos, sino creando un contexto real que acoja la emoción y la participación. Las investigaciones en psicología positiva en el trabajo muestran que ser escuchados, contar con espacios reales de influencia, disponer de autonomía para organizar y priorizar el trabajo y tener opciones de adaptación generan una satisfacción más duradera y un sentido de pertenencia más profundo. Formamos parte de aquello en lo que podemos participar para construirlo.

Las investigaciones sobre compromiso en el trabajo de los investigadores de Gallup demuestran que formar parte de un equipo duplica el compromiso frente a trabajar solos. Las personas, las relaciones de calidad, nos nutren y nos construyen, porque conectamos, nos vemos reconocidos y apoyados, igual que apoyamos y reconocemos. Eso es poner amor en las relaciones.

Seguimos multiplicando desde el amor porque, volviendo a Gallup, cuando los managers tienen conversaciones frecuentes de calidad con cada miembro del equipo, el compromiso se triplica. Álex Rovira resume el amor en conocer al otro, ayudar al otro e inspirar al otro su mejor versión. Somos seres sociales, somos tribu, nos da identidad y nos genera pertenencia.

Amy Edmondson demuestra que los equipos de alto rendimiento se logran creando un entorno de seguridad psicológica con altos estándares de excelencia, con exigencia compasiva. El orden vuelve a ser el mismo: seguridad psicológica primero —confianza, pertenencia, corazón—. La excelencia, la técnica, después.

El estudio posterior de McKinsey sobre la incidencia del liderazgo apunta en la misma dirección: un liderazgo humanista muestra una correlación positiva fuerte con la seguridad psicológica y los equipos de alto rendimiento. El liderazgo autoritario, en cambio, erosiona esas condiciones y dificulta que ese rendimiento sea posible.

El retorno es claro: el experimento Aristóteles de Google demostró que estos equipos son un 25 % más productivos que el resto.

«Si quieres construir un barco, no empieces por buscar madera, cortar tablas o distribuir el trabajo. Evoca primero en los hombres y mujeres el anhelo del mar libre y ancho».
—Antoine de Saint-Exupéry

Quizá debamos recuperar la capacidad de amar —cuidar, reconocer, ayudar, inspirar— como una competencia humana básica para lograr resultados excelentes. No como sentimentalismo, sino como una forma madura de relación con el trabajo, con los demás y con el propósito que compartimos.

Fátima Álvarez, en su libro ¿Por qué tomarse la empresa con filosofía?, nos explica que el filósofo Axel Honneth estructura el reconocimiento de la persona desde el derecho, desde el amor y desde la solidaridad. La segunda es el cuidado y la atención mutuos; la tercera es la aportación de cualidades de cada individuo a las necesidades del grupo, y viceversa. Reconocer la aportación de la persona al equipo y que el individuo valore lo que el grupo le aporta, eso es conectar con el amor, con la valoración de lo que damos a los demás y lo que recibimos.

Seguimos ante un reto de productividad, de compromiso en el trabajo, de competitividad. Gaudí ya lo sabía: «Primero, el amor; segundo, la técnica». Primero, encender los corazones, activar el amor por lo que hacemos; luego, hacer excelencia desde el amor por lo que hacemos.

Eso lo logra la persona, lo forja el equipo desde las relaciones de calidad, lo mantiene encendido el liderazgo. El amor enciende el amor por hacer las cosas bien juntos. La humanización es la respuesta para que el amor haga posible la excelencia y los mejores resultados. También la resiliencia, porque ante la adversidad ahí estarán las personas prestas a contribuir.

«La belleza es el resplandor de la verdad, y como el arte es belleza, sin verdad no hay arte».
—Antoni Gaudí

Si aspiramos a la belleza desde la verdad, desde lo auténtico, el mercado, las ventas, la rentabilidad y la técnica responden. Cuando aspiramos a lo último por encima de lo primero, se apaga el amor, la belleza real, la conexión con un sentido; hacemos por algo que no habita nuestro interior, perdemos lo más humano de nuestro fruto.

Te invito a recuperar lo más humano que habita en ti, porque es la respuesta. Los resultados serán la consecuencia.