Montesquieu tenía la separación de poderes; nosotros necesitamos la separación entre trabajo, renta e identidad
La inteligencia artificial ya no solo automatiza tareas: empieza a cuestionar la relación entre trabajo, salario e identidad. Y quizá el gran reto no sea tecnológico, sino profundamente humano y social: hacia un nuevo contrato social.
OPINIÓN


Durante décadas hemos dado por hecho algo que parecía incuestionable: trabajar no era solo una manera de ganarse la vida, sino también una forma de ordenar el tiempo, construir identidad, ganar reconocimiento y ocupar un lugar en la sociedad. El empleo no solo distribuía renta, también distribuía sentido.
Ahora esa idea empieza a tambalearse, no porque el trabajo vaya a desaparecer de golpe, sino porque la inteligencia artificial está acelerando una transformación más profunda: muchas tareas dejarán de tener valor económico tal y como lo entendíamos, muchas decisiones se tomarán con ayuda de sistemas autónomos y una parte creciente del trabajo se diseñará alrededor de la colaboración entre humanos y máquinas. El debate ya no es únicamente cuántos empleos cambiarán, sino qué pasará cuando trabajar deje de ser el principal criterio con el que medimos utilidad, productividad y contribución social.
Desde RR. HH., esta pregunta debería inquietarnos más de lo que a veces parece. Porque durante mucho tiempo la función ha ayudado a administrar la relación clásica entre empresa y persona: tiempo a cambio de salario, rendimiento a cambio de progresión, puesto a cambio de identidad profesional. Pero si la IA rediseña flujos completos, acorta la necesidad de determinadas tareas y multiplica la capacidad de una sola persona asistida por sistemas inteligentes, esa ecuación deja de ser tan estable.
Quizá por eso una de las preguntas más incómodas de esta década no sea si la IA destruirá empleo, sino si el salario seguirá teniendo la misma esencia de intercambio que ha tenido hasta ahora. Si una parte relevante del valor se genera con sistemas que aprenden, predicen, ejecutan y escalan sin descanso, ¿cómo se repartirá ese valor? ¿Seguirá siendo el empleo el principal canal de acceso a la renta, al estatus y a la seguridad? ¿O tendremos que construir nuevas formas de reconocimiento, redistribución y pertenencia?
No parece una conversación teórica. Cada vez más organizaciones están dejando atrás la simple automatización para rediseñar cómo se trabaja, cómo se decide y qué lugar ocupa la persona dentro del sistema productivo. Eso obliga a RR. HH. a ampliar su foco. Ya no bastará con hablar de reskilling, desempeño o experiencia del empleado. Habrá que pensar también en dignidad, transición, sentido y cohesión social.
Porque si algo está cambiando de verdad no es solo el trabajo. Es el contrato psicológico y social que construimos alrededor de él. Y quizá el mayor error sería responder a un cambio de esta magnitud únicamente con nuevas herramientas, nuevos puestos o nuevas taxonomías. La pregunta de fondo es otra: si el trabajo deja de ser el centro que organiza nuestra vida adulta, ¿qué pondremos en su lugar?
Tal vez ahí empiece una nueva responsabilidad para RR. HH. No la de defender el empleo tal y como fue, sino la de ayudar a imaginar cómo puede sostenerse una sociedad donde seguirán haciendo falta propósito, contribución y reconocimiento, aunque el trabajo ya no signifique exactamente lo mismo que hoy.
