Menos es más: un laboratorio para la vida

La manera en que afrontamos una postura de yoga o un momento de calma suele decir mucho más de nosotros de lo que imaginamos. También de cómo trabajamos, decidimos y nos relacionamos.

OPINIÓN

Victoria Ambrós

8/6/20265 min leer

¿Sabías que tu forma de sentarte en una reunión delata cómo te relacionas con la vida entera?

Durante muchos años enseñando yoga he observado y comprobado, en mi práctica y en la de mis alumnos, que el movimiento y la postura del cuerpo son un reflejo fiel de nuestra actitud en la vida cotidiana. No nos relacionamos de forma diferente por estar en entornos diferentes.

Cuando hablo de comportamiento no hablo de formas, de lenguaje o de socialización; hablo de actitud interna, esa que no se mide por palabras, sino por el lenguaje corporal inconsciente.

Da igual que estemos en una situación de calma o de alta demanda: al final, como la lluvia fina, cuando vivimos a diario en entornos de alta exigencia adoptamos, aunque sea de forma subconsciente, esa actitud de alerta, de lucha o de huida que se cronifica en la postura corporal.

Si nos movemos en entornos exigentes, la práctica de yoga y meditación tendrá ese mismo nivel de exigencia. Y también lo tendrá el resto de actividades cotidianas: uno no se convierte en exigente de 8 a 3 y en empático de 3 a 23. Cada rol que adoptamos está teñido de la actitud que vamos gestando y acumulando desde la infancia, en nuestra forma de estar hacia fuera y hacia nosotros mismos.

El descubrimiento llegó por un camino inesperado

Me di cuenta de este patrón cuando estudiaba programación informática. Por aquel entonces ya era profesora de yoga, y el gran descubrimiento se produjo a través de una experiencia que quiero compartirte.

Durante la formación de programación teníamos que desarrollar un programa de servicios: el cliente elegía opciones, se configuraba el producto y se realizaba el pedido.

Este desarrollo era individual. Al terminar el proyecto, en lugar de revisarlo la profesora, teníamos que intercambiar el código entre compañeros y revisar el trabajo interno de otro.

No importaba si el resultado era uno u otro: se trataba de leer y comprender la lógica y la estructura que había utilizado el otro y, desde ahí, deducir qué podía mejorar en mi propio desarrollo o qué podía recomendarle a él.

Cada uno de nosotros conocía a sus compañeros y, aunque no lo pusiéramos en palabras, sabíamos quién era un friki, quién un poco chapuza, quién más exquisito en la estética o quién más retorcido a nivel relacional.

Hasta ahí, a nivel externo. Pero el gran salto, la verdadera serendipia, se produjo cuando, al revisar el código de otros compañeros, vi que su personalidad se reflejaba exactamente igual en su desarrollo de programación. Como ya era profesora de yoga, tenía bastante entrenada la mirada en cuanto a movimiento corporal, rigidez, flexibilidad, dificultad de memoria sensorial, etc.

Así que, al revisar el código de otros compañeros, vi con claridad cómo se unían los puntos:

«Las características de personalidad, de postura corporal y de desarrollo de código seguían el mismo patrón».

Los de personalidad compleja escribían el triple de código para resolver algo que yo hacía en la mitad de líneas.

Los detallistas habían dejado un comentario en cada línea de código, cosa que me sorprendió muchísimo. Y así, con cada código revisado.

Historias reales (con nombres ficticios) que quizá reconozcas

Ángel, profesional de una empresa de automoción, acostumbrado a la alta exigencia, la automatización, la velocidad y la precisión para minimizar errores, buscaba siempre el mismo lugar en la sala para colocar su esterilla. Cuando llegaba más tarde y alguien nuevo ocupaba ese sitio, no era raro que le dijera, con cara de pocos amigos: «Ese es mi sitio», lo que provocaba que el otro se moviera.

María, trabajadora de banca, sometida a una gran presión por resultados, se esfuerza al máximo en cada asana, busca llegar más allá del límite. Con frecuencia —aunque no durante la práctica de yoga, sino en el gimnasio, donde tiene menos vigilancia— se lesiona y viene a clase con la rodilla tocada, carga dolorosa en la zona lumbar o el cuello rígido.

Javier, manager de una gran superficie de ventas, al empezar a practicar meditación no es capaz de darse cuenta de la cantidad de tensión con la que llega a la sala. Al sentarse en quietud se pone muy nervioso y no logra parar el traqueteo de su pierna, pero dice estar muy calmado.

Julia, profesora con dos hijos pequeños, tiene dificultades para dormir y lleva tiempo explorando distintas prácticas esperando un resultado casi milagroso que regule su sistema nervioso hiperactivo. Quiere hacerlo todo bien y perfecto, y por eso aplica tanta tensión a su práctica que impide que su cuerpo fluya, que sus músculos se relajen y que los resultados lleguen de forma natural.

Menos es más

Desde hace tiempo, cuando alguien empieza una formación conmigo —ya sea a nivel individual o de grupo empresarial—, lo primero que pretendo que comprenda es que «menos es más».

Cuanta menos lucha por el resultado trasladamos a la práctica, más cerca estamos de un mayor aprendizaje y una mejor experiencia.

Cuando dejo de autoexigirme y de exigirle a mi cuerpo, desarrollo nuevas conexiones neuronales —lo que se denomina neuroplasticidad— que me permiten explorar lo que de verdad está pasando en el cuerpo y la mente. Y, por lo tanto, tengo mayor capacidad para descubrir aquello que, de otra forma, no veo, aunque lo tenga delante de mis narices.

Por muy contraintuitivo que parezca, cuando hablamos de desarrollo personal, desarrollo mental o corporal, menos empuje te lleva a una mayor expansión de capacidad, aprendizaje, movimiento y comprensión.

A esta metodología de abordaje la llamo «el laboratorio para la vida», porque es en la práctica, con esta actitud, donde de verdad puedes reconocer —y reconocerte en— los patrones que repites una y otra vez.

Cuando practicas yoga o meditación con esta actitud, tu práctica es un lugar de exploración con mente de principiante, no con actitud de calculadora. Y tu mente y tu cuerpo empiezan a comprender que no los vas a forzar, que estás ahí para observar, escuchar, aprender, descubrir y respetar.

Desde esa comprensión surge una expansión de conciencia en tu práctica que, de forma orgánica, se traslada a la vida cotidiana.

Vivimos desbordados

Ya estamos más que sobrepasados de estímulos, de exigencia sin control, de velocidad sin una ruta clara.

Corremos por correr, no para llegar, y con ello entramos cada vez más en el bucle.

No escuchamos, no respiramos, no vemos, no empatizamos y nos estamos desprendiendo de lo más valioso: la cualidad de ser humanos, con nosotros mismos y con los demás.

¿Cómo te acercas a las dificultades personales o profesionales, a los obstáculos del día a día: desde la fuerza y la violencia o desde la escucha, la exploración de opciones y las decisiones conscientes?

Reconocer que todo va muy deprisa y que estás perdiendo calidad de escucha, de paciencia y de claridad mental te permite ver de una forma distinta y responder desde un espacio diferente, no desde el automatismo.

Si ya lo haces, me encantará conocer cómo has llegado a ese aprendizaje y cómo lo aplicas en tu día a día.