Estamos formando mejores profesionales… ¿pero también mejores compañeros?

Invertimos en conocimiento técnico, pero seguimos tratando como secundarias las habilidades que permiten a las personas trabajar bien juntas.

OPINIÓN

Arménia Barradas

8/19/20262 min leer

La formación técnica es indispensable. Vivimos una era en la que las nuevas herramientas, los nuevos programas y las nuevas formas de hacer las cosas están a la orden del día. Las personas necesitamos seguir aprendiendo.

Pero, en ese aprendizaje incesante, creo que hay algo que nos estamos dejando fuera. Y te lo explico con un ejemplo.

Piensa en la última persona con la que te encantó trabajar. Seguramente era competente.

Pero, si haces memoria, probablemente no la recuerdes solo por lo que sabía. Recuerdas cómo te hacía sentir porque cumplía su palabra, hacía lo posible por entender, sabía escuchar y daba su opinión sin imponerla.

Posiblemente, incluso en un desacuerdo, generaba confianza.

Podría saber más o menos a nivel técnico, pero lo que destacaba de esa persona es que era buena compañera. Y eso no aparece en ningún diploma.

Durante años hemos llamado a estas capacidades soft skills, como si fueran un complemento extra. Algo deseable, pero no obligatorio.

Pero últimamente pienso que estas habilidades de blandas tienen poco. ¿Qué tiene de “blando” saber gestionar un conflicto antes de que termine afectando a todo un equipo?

¿O saber dar un feedback que ayude a crecer en lugar de bloquear a una persona? ¿O ser capaz de escuchar de verdad cuando un compañero plantea un problema?

Todo esto son habilidades fundamentales y, de hecho, son las que permiten que el conocimiento técnico genere resultados.

Veo que en muchas empresas se invierte mucho dinero y energía en formar a la gente en nuevas herramientas, sin tener muy claro si saben:

  • Comunicarse efectivamente.

  • Discrepar con respeto.

  • Pedir ayuda a tiempo.

  • Empezar conversaciones difíciles.

Damos por hecho que todo eso se sabe, pero no siempre es así. Y muchas veces es sencillamente porque nadie nos ha enseñado.

La mayoría aprendemos estas habilidades sobre la marcha, a pura base de prueba y error.

Miramos atrás después de un conflicto mal gestionado y decimos: “Bueno, quizá podría haberlo hecho de otra manera…”. O pensamos en un feedback que dolió y pensamos: “Podría haber dicho eso mismo de otra forma…”.

Pero no sabemos cómo integrarlo para anticiparnos en futuras situaciones iguales. Y quizá ahí esté el problema.

Seguimos tratando estas capacidades como algo que cada uno debe desarrollar por su cuenta, cuando en realidad tienen un impacto directo en cómo funciona un equipo.

Muchas veces, el equipo deja de ser funcional porque los miembros no saben trabajar entre ellos. Y esto es la punta del iceberg tras la que están las conversaciones evitadas, conflictos alargados en el tiempo, miedo a compartir parcelas de trabajo… En resumen, situaciones que no se resuelven con formación técnica.

Por eso hago desde aquí un llamamiento para darle más peso a esta parte tan importante.

Sabemos que la tecnología avanza a pasos agigantados. ¿Por qué no le damos más peso a todo aquello que nos hace humanos? Confianza, empatía, pensamiento crítico, construcción de relaciones…

Quizá dentro de unos años las empresas seguirán formando a sus equipos en nuevas herramientas.

Y deberán hacerlo.

Pero espero que también entiendan algo igual de importante.

Que una organización no mejora solo porque sus personas sepan más. Mejora cuando esas personas también saben escucharse, entenderse, debatir, colaborar y crecer juntas.

Un buen profesional puede sacar adelante su trabajo; pero un buen compañero es quien ayuda a que todo el equipo saque adelante el suyo.

Y esa diferencia, aunque no siempre aparezca en un currículum, es una auténtica ventaja competitiva.