El valor de la empresa en la sociedad

Los signos de agotamiento del modelo actual son evidentes, no faltan preguntas, faltan respuestas. Acompáñame en esta columna en una reflexión que nos da respuestas, apunta a acciones para que los resultados vuelvan a tener alma y sentido. Con una pregunta: ¿Cuál es el valor de la empresa?

OPINIÓN

Juan Martínez

10/8/20266 min leer

Hay preguntas necesarias y hoy, cuando el modelo presenta signos evidentes de agotamiento precisamente por ser agotador, es más necesario que nunca hacerse la pregunta: ¿Cuál es el valor de una empresa en la sociedad?

Es posible que te preguntes a qué signos me refiero por agotamiento. Con un 5,6 % de absentismo por IT (Incapacidad Temporal) el último trimestre, Randstad lo describe como una tendencia de crecimiento constante desde 2019, no coyuntural, con los casos de IT prácticamente duplicados en una década.

Según El Economista, las dimisiones de trabajadores rompen el umbral de los 1,5 millones en los primeros seis meses del año. Javier Esteban analiza que el 77 % de esas renuncias corresponden a trabajadores indefinidos.

Y en respuesta lo que más escucho son quejas, culpar al otro en vez de analizar seriamente las causas y proponer acciones eficaces. Dentro de la organización, sí, porque se pueden llevar a cabo acciones. Quedarnos en el «son vagos» o «ya nadie tiene compromiso» es una generalización poco útil que nos deja en el victimismo y la inacción. Ser directivos o managers es otra cosa, es pensamiento crítico, es la responsabilidad de un análisis más objetivo y cumplir el ABC del management: si doy con las causas y actúo sobre ellas, mejoran los resultados.

Te comparto algo que sí sabemos, al margen de las excepciones, que las hay: las personas muestran una tendencia de comportamiento que representa una respuesta desde la adaptación a las experiencias que viven en el entorno laboral. La falta de escucha, de medición y de análisis no evita que las personas abandonen sus puestos de trabajo como respuesta a lo que viven, que el absentismo aumente o porque el trabajo les enferma o porque volver motiva muy poco. Ah, y el compromiso, que según Gallup está presente solo en 1 de cada 10 colaboradores. La pérdida de compromiso también es una adaptación a experiencias poco recíprocas, es decir, qué damos y qué recibimos.

Hagamos un paralelismo, es evidente que tú como persona necesitas respirar, aire, necesitas comer, no va mal un lugar donde vivir, y podemos preguntarnos, dado que vives en un colectivo llamado sociedad, ¿qué espera esa sociedad de ti? Hay leyes que lo dejan claro, pero no podemos esperar que la ley lo regule todo, hay normas sociales, costumbres pactadas como saludar en el portal pero no saludar a todos por la calle, salvo cuando vas al pueblo en verano.

Y no podemos quedarnos solo ahí, porque es como vivir sin significado, te puedes hacer la pregunta: ¿Cuál es mi valor en esta tribu en la que convivo?

Es importante preguntárnoslo porque estamos avanzando hacia la pérdida de la noción y del valor de la conexión con lo colectivo. Parece que solo por existir yo todo queda ya justificado y todo alrededor queda a mi servicio.

Más allá del individualismo extremo, es el egoísmo de quien solo espera extraer de los demás, recibir, dando lo justo, lo obligatorio, o ni eso. Si me relaciono me pregunto: ¿Qué puedo obtener de esta persona? Relacionarse se convierte en una transacción. Llegan los impuestos y cuanto menos mejor, cuanto más tenga yo, también mejor. Por no hablar del afterwork donde espero que todos me escuchen a mí, tengo opinión para todo y respondo antes de que nadie acabe de hablar. Podríamos pensar que eso es un éxito cuando, al contrario, sabemos que genera frustración, insatisfacción y soledad aunque haya personas alrededor. La sociabilidad se define por la calidad de las relaciones, no por la cantidad.

El paralelismo es bastante válido, tengo un amigo y gran profesional que habla del «metabolismo» de la organización. También hay modelos avanzados de organización que la diseñan como un ser vivo.

Improvisemos un poco, la Alta Dirección es el cerebro, Operaciones son los músculos, Organización el esqueleto, Personas el corazón, Financiero es una mezcla de respiratorio con digestivo, Tecnología con Data es el sistema nervioso, Logística el circulatorio y algo sorprendente, hay neuronas en corazón, digestivo y otros como centros deslocalizados y autónomos de gestión que se coordinan con el cerebro. En este paradigma los conceptos de metabolismo, así como el de relacionamiento y reciprocidad, tienen todo el sentido.

Una organización vive y se relaciona. Necesita financiación, rentabilidad, capital humano, tecnología, la IA que aumenta las capacidades. Cumple sus funciones internas y externas, esas que Porter tan bien supo representar en su famosa cadena de valor. Una empresa puede existir y cumplir sin más, ¿o no es así?

No lo es, igual que tú o yo nos relacionamos, continuando con el paradigma anterior, una organización es un ser vivo que existe y se relaciona en un ecosistema en el que hay otros actores o seres vivos: empresas, administraciones públicas, consumidores, grupos de interés o lobbies, etc. Existe en un relacionamiento con otros, nos dicen que el éxito de una organización se mide por el valor que aporta y que si no lo aportara desaparecería. Hemos tenido ejemplos llamativos en las últimas décadas, empresas que desde la complacencia y la falta de escucha con el entorno han desaparecido porque otros aportaban mejor valor.

El valor no se mide solo en base al producto, el servicio o el conjunto de ambos. El ecosistema también está atento a los comportamientos, a cómo se logra y se ofrece, la reputación en una sociedad globalizada con grupos de interés activos es un vector clave que suma o resta en nuestro relacionamiento. También, como abrí esta columna, el talento, los colaboradores, están respondiendo a la reciprocidad que viven en sus experiencias laborales. Esperan que trabajar sea algo más que recibir un sueldo o, dicho de otro modo, si quieres su compromiso esperan una experiencia más vital y plena, auténtica y genuina, algo que un futbolín o un afterwork no genera si no estoy yo involucrado, atento, escuchando, acompañando, además de pedir esfuerzo, excelencia y poner objetivos.

Por eso es necesario volver a preguntarnos: ¿Cuál es el valor de una empresa en la sociedad? Responder «maximizar los beneficios para el accionista» se queda corto, los accionistas son un elemento menor dentro de la sociedad.

Una organización existe en un ecosistema con más «seres vivos», necesita relacionarse y ya hemos conversado que el individualismo, ir a lo mío, y el «cuanto más para mí y menos para ti mejor» es un modelo agotado y agotador para el entorno. El egoísmo de extraer a toda costa agota. El valor de una empresa, además de la necesaria rentabilidad, radica en la reciprocidad hacia el resto, en relacionarse pidiendo, recibiendo, por supuesto, y también dando, poniendo foco en qué aporto a los colaboradores, a su entorno social cercano, qué aporto al mercado más allá de competencia, qué aporto a la sociedad.

Es más necesario que nunca volver a preguntarnos: ¿Qué valor aporta esta empresa? Y no desde el escribir una frase bonita en un propósito para nuestra web o la entrada de la oficina. Es una pregunta necesaria en el Consejo, presente en el diseño de la estrategia, con un mandato hacia el Gobierno Ejecutivo para que el comité de dirección aplique indicadores, mida y eleve de nuevo al Consejo el éxito del valor que aportamos.

Porque si nos estamos preguntando cómo avanzamos y salimos de este modelo agotado que solo sabe extraer lo máximo aportando lo justo, justificado en que esa es la obligación impuesta, la pregunta seguirá siendo: ¿Cuál es el valor de una empresa en la sociedad?

Por supuesto que la rentabilidad es la obligación de directivos y managers, de todos diría, porque un EBITDA negativo marca el camino hacia la inexistencia, de la empresa y de los puestos de trabajo. Sin embargo, en ocasiones un 1 % adicional de rentabilidad esconde una deuda oculta, una falta de relacionamiento y reciprocidad hacia los demás. Como quien se ha tomado las cañas porque pagaban los demás y vuelve a casa con su bolsillo intacto, en su autoengaño no entenderá que cada vez le incluyan menos para tomar algo, o le costará más esfuerzo incluirse. Comprar amigos no es lo mismo que tener amigos.

Nosotros decidimos ser el emperador en un traje nuevo y pomposo que no existe o volver a mirar alrededor, conversar, escuchar, relacionarnos y aportar además de recibir.