El éxito que persigues, ¿es tuyo o te lo vendieron?

Probablemente tienes éxito en algo que no elegiste. Una pregunta incómoda para directivos, profesionales y emprendedores, emprendedoras, que llevan años corriendo sin haberse parado a comprobar hacia dónde

OPINIÓN

Maria José Valenzuela

6/28/20267 min leer

Voy a empezar con una afirmación algo incómoda y te pido que la dejes molestarte un momento antes de defenderte: probablemente estás teniendo mucho éxito en algo que nunca elegiste, de verdad.

Lo he visto demasiadas veces, en demasiadas personas brillantes, como para creer que es casualidad. Me ha pasado a mí misma. Profesionales admirables, directivas con trayectorias impecables, emprendedores que han levantado lo que otros ni se atrevieron a imaginar. Gente que ha ganado, en algunos casos mucho dinero. Y que, en una conversación honesta, a la tercera o cuarta pregunta, baja la voz y dice alguna versión de lo mismo: "¿y esto era lo que quería realmente?”

Te das cuenta de que tener más y estar en un alto cargo tiene un coste muy alto, a veces demasiado.

El éxito es la meta que menos gente examina

Dedicamos años a optimizarlo todo. El embudo de ventas, la estrategia de talento, la agenda, la cartera, el rendimiento del equipo. Medimos, iteramos, mejoramos. Y sin embargo, la métrica más importante de todas —qué significa para mí el éxito en mi vida— la mayoría no la ha revisado nunca. La heredamos a los veinte años, de nuestros padres, de nuestro sector, del aire de la época, y seguimos ejecutándola a los cuarenta, a los cincuenta, sin haber abierto nunca el contrato a ver qué firmamos.

Piénsalo con la frialdad con la que mirarías un KPI de tu organización: estás invirtiendo el recurso más escaso e irrecuperable que tienes —tu tiempo de vida (tenemos unas 4.000 semanas en total, aproximadamente. Y te has gastado seguro unas cuantas ya)— para maximizar un objetivo que no definiste tú. En cualquier negocio, eso se llama trabajar sin descanso con una eficiencia admirable. En la vida lo llamamos, con cierta solemnidad, "ser una persona de éxito".

Y aquí está la provocación de verdad: el éxito heredado siempre tiene la misma forma.

Más. Más facturación, más cargo, más visibilidad, más metros cuadrados, más seguidores, más. Es una definición que, por diseño, nunca se cumple, porque su único contenido es la insuficiencia permanente. Te promete que llegarás, y está construida para que nunca llegues. Por eso tanta gente que "ha llegado" se siente, en secreto, extrañamente lejos.

Las tres mentiras cómodas que sostienen el guion

Antes de que puedas redefinir nada, hay que nombrar las creencias que te mantienen corriendo. Las llamo mentiras cómodas porque son falsas y, a la vez, nos resultan tranquilizadoras. Suéltalas y respira hondo, porque escuecen. A veces, mucho.

  1. "Cuando llegue a X, entonces sí." Cuando cierre la ronda, cuando me asciendan, cuando facture tanto, cuando venda la empresa. Es la mentira maestra, porque siempre hay una siguiente X. He acompañado a personas que alcanzaron exactamente la cifra que llevaban una década persiguiendo y descubrieron, con un vértigo difícil de explicar, que la meta se movió sola al día siguiente. El "entonces sí" no llega nunca, porque no es un destino: es una zanahoria. Sí, seguimos zanahorias inalcanzables.

  2. "Esto lo hago por mi familia / mi equipo / mi gente." A veces es verdad. A veces es la coartada más elegante que existe para no mirar de frente nuestra propia necesidad de demostrar algo. Por los demás es un objetivo muy loable, incluso generoso y de rofunda empatía social. Pero pregúntate, sin público: si nadie se enterara de tu siguiente logro —ni tu familia, ni tu sector, ni LinkedIn—, ¿lo seguirías persiguiendo con la misma intensidad? La respuesta honesta dice mucho.

  3. "No puedo parar a pensarlo, ahora no es el momento." Nunca es el momento. El sistema está diseñado para que nunca lo sea. Y vamos postponiendo decisiones difíciles. Pero un día el momento llega solo, sin pedirte permiso, en forma de crisis de salud, de ruptura, de despido pactado, de un equipo que se desmorona o de un lunes cualquiera en el que ya no puedes levantarte con la mentira de siempre. Mejor elegir tú la conversación antes de que la elija por ti la vida.

Redefinir no es bajar el listón, es ser más honesto/a contigo mismo/a.

Quiero ser muy clara, porque esto se malinterpreta y se usa como excusa: redefinir el éxito no es conformarse, ni renunciar a la ambición, ni cambiar la oficina por una hamaca. Eso de jubilarse a los 40 y vivir de pasivos suena estupendo, pero pocas veces tocas con los pies al suelo real.

Redefinir el éxito es algo mucho más exigente y mucho menos cómodo: es atreverte a que tu definición sea tuya, con tu nombre y tus consecuencias. Es pasar de medir tu vida con la regla de otro a construir tu propia regla, sabiendo que entonces ya no podrás esconderte detrás de los números de nadie. La ambición no desaparece. Cambia de dirección. Deja de apuntar a "lo que se supone que hay que querer" y empieza a apuntar a lo que de verdad te importa cuando nadie mira, a tu propósito en la vida. Cuatro preguntas para mirar tu propia regla.

No te voy a dar una definición de éxito. Sería un error imponerte la mía.

Hoy te voy a dar algo más útil: cuatro preguntas que te ayudarán a que construyas la tuya. Respóndelas por escrito, no de cabeza —de cabeza nos engañamos con elegancia.

  1. ¿Qué estoy sacrificando, y a quién se lo estoy cobrando?
    Todo éxito tiene una factura. Salud, presencia, vínculos, sueño, tiempo con quien no volverá a tener esta edad. La pregunta no es si pagas un precio —siempre se paga—, sino si el precio que pagas es el que elegirías pagar de nuevo sabiendo lo que sabes. Y quién más lo está pagando contigo, a quien tienes cerca en este proceso, sin haberlo firmado. Puede ser tu pareja, tus amigos, tus hijos, tus padres… si todavía están ahí para compartir tu poco tiempo.

  2. ¿Cómo sabrás que ya ha sido “suficiente”?

    Si tu definición de éxito no incluye un punto en el que puedas decir "esto basta, esto ya está bien", no tienes una meta: tienes una condena. Atrévete a escribir tu "suficiente". Da más miedo definir el “suficiente éxito” que ambicionar, porque te obliga a vivir en el presente, y no solo a perseguir una ilusión hacia el futuro.

  3. Si me quitaran hoy el cargo, la empresa o la cifra, ¿qué quedaría de mí que siga valiendo?

    Lo que quede ahí —tus competencias más humanas, tu manera de tratar a la gente, lo que sabes hacer, quién eres para los tuyos— es tu patrimonio real. El resto es alquiler. Conviene saber qué tienes en propiedad. Es ese balance de inventario que es necesario realizar para darte cuenta de tu aportación real de valor.

  4. ¿De quién busco aprobación con todo esto, y esa persona merece tanto poder sobre mi vida?

    A menudo seguimos corriendo en la rueda del ratón para impresionar a alguien que ya no está, que nunca se dará por satisfecho, o que ni siquiera nos cae especialmente bien. A veces un jefe muy exigente, una pareja que espera que mantengamos el éxito presente, un padre orgulloso de ti. Identificar al juez es la mitad del trabajo. Despedirlo es la otra mitad.


Bronnie Ware, una enfermera australiana de cuidados paliativos que durante años acompañó a personas en sus últimas semanas de vida, escribió un libro “Los cinco mandamientos para tener una vida plena / De qué te arrepentirás antes de morir”. Te lo recomiendo.

El arrepentimiento número uno es exactamente “ojalá hubiera tenido el valor de vivir una vida fiel a mí mismo, no la que otros esperaban de mí”. Los otros cuatro: “ojalá no hubiera trabajado tanto”, “ojalá hubiera tenido el valor de expresar mis sentimientos”, “ojalá hubiera mantenido el contacto con mis amigos” y “ojalá me hubiera permitido ser más feliz”.

Por qué esto importa, y mucho, si lideras a otros

Si diriges personas o una organización, esto deja de ser una reflexión íntima y se convierte en una responsabilidad. Porque el éxito que tú encarnas, lo que premias, lo que celebras y a quién asciendes, está definiendo en silencio el éxito de decenas de personas que te observan más de lo que crees. Deloitte confirmó que cerca del 70% de la alta dirección consideraría seriamente dejar su puesto por uno que cuide mejor su bienestar y el de su entorno.

Cuando glorificamos al que nunca desconecta, al que sacrifica todo por el resultado del trimestre, cuando exigimos en tiempo de descuento, no estamos construyendo cultura de alto rendimiento. Estamos fabricando, a cámara lenta, el agotamiento y la fuga de talento que después lamentaremos en un informe y en nuevos datos de rotación y absentismo. Las nuevas generaciones ya no compran ese guion, y hacen bien. Nos están obligando a la conversación que llevábamos décadas posponiendo: ¿se puede tener éxito sin destruirse, y sin destruir a quien tienes al lado? En otras palabras, ¿podemos construir una organización sostenible entre su éxito empresarial y la salud de las personas?

La pregunta que te dejo

Vuelvo al principio, donde te dije que probablemente tienes éxito en algo que no elegiste. Si te molestó, bien. Esa molestia es información valiosa: significa que algo dentro de ti ya lo sospechaba.

No te pido que lo cambies todo. Te pido algo más pequeño y no menos importante: que esta semana, una sola vez, te sientes diez minutos sin pantallas y respondas con sinceridad a una pregunta que la mayoría se pasa la vida entera esquivando.

¿El éxito que persigo es mío, o simplemente nunca me he atrevido a comprobar de quién es?

Lo que hagas con la respuesta ya es asunto tuyo. Pero, créeme, haberte hecho la pregunta lo cambia todo: una vez que ves la pared contra la que estaba apoyada tu escalera, ya no puedes dejar de verla.