Data obsessed
Hemos aprendido a medirlo prácticamente todo en las organizaciones. El riesgo empieza cuando confundimos tener más datos con entender mejor lo que está pasando.
OPINIÓN


Durante años hemos defendido que las empresas debían estar más orientadas al dato. Tenía sentido. Veníamos de organizaciones donde demasiadas decisiones se tomaban por intuición, jerarquía o simplemente porque “siempre se había hecho así”, y disponer de información nos permitía cuestionar prejuicios, identificar patrones y tomar decisiones con mayor fundamento. El problema es que, como ocurre con tantas buenas ideas en el mundo empresarial, algunas compañías han terminado llevándola demasiado lejos: hemos pasado de querer organizaciones data oriented a construir organizaciones data obsessed.
Hoy medimos prácticamente todo. Productividad, engagement, rotación, absentismo, desempeño, potencial, clima, experiencia de empleado, calidad de contratación, bienestar, diversidad… y cada nueva herramienta promete añadir unas cuantas métricas más al dashboard. No tengo nada contra ello; de hecho, siempre he defendido que Recursos Humanos necesita datos para entender mejor la organización, ganar credibilidad y demostrar su impacto en el negocio. Pero una cosa es utilizar los datos para comprender la realidad y otra muy distinta creer que la realidad solo existe cuando podemos convertirla en un dato.
Un índice de rotación puede indicarnos que tenemos un problema, pero no nos explica por qué se marcha María. Un resultado de engagement puede enseñarnos una tendencia, pero difícilmente contará aquella conversación entre un manager y una persona de su equipo que cambió por completo su relación. Podemos tener un dashboard lleno de indicadores verdes y, aun así, una cultura deteriorándose lentamente delante de nuestros ojos. El dato es una representación de la realidad, no la realidad, y creo que algunas organizaciones están empezando a olvidar esa diferencia.
Hace años tuve la oportunidad de dar una TED Talk titulada “The Future of Data”, hablando precisamente de hacia dónde podía llevarnos nuestra creciente capacidad para generar y utilizar información. Me resulta divertido (y también un poco peligroso) volver a verla hoy, porque hacer predicciones sobre el futuro tiene ese pequeño inconveniente: tarde o temprano el futuro llega y comprueba tus respuestas. En algunas cosas acerté y en otras quizás no tanto. Os invito a verla precisamente por eso, no para comprobar mis capacidades como futurólogo, que son bastante discutibles, sino para comparar lo que imaginábamos que haríamos con los datos con lo que finalmente los datos han hecho con nosotros.
Porque quizá el problema actual ya no sea la falta de información, sino nuestra dependencia de ella. Cuando tenemos veinte indicadores delante parece que la decisión debería aparecer automáticamente en el número veintiuno, pero no funciona así. Los datos informan; las personas interpretan y deciden. Y entre ambas cosas existe algo que, paradójicamente, será cada vez más valioso cuanto mejores sean nuestros sistemas de información y nuestra inteligencia artificial: el criterio. Cuando la información se vuelve abundante, lo verdaderamente escaso es nuestra capacidad para entender qué significa y qué decisiones abre.
Por eso no creo que necesitemos menos datos. Necesitamos una relación más adulta con ellos. Una organización inteligente debería ser capaz de escuchar lo que dicen sus métricas y, al mismo tiempo, reconocer todo aquello que todavía no aparece en ellas; debería utilizar People Analytics sin reducir a las personas a analytics y combinar evidencia con contexto, tecnología con conversación y predicción con algo tan poco sofisticado (y tan extraordinariamente útil) como conocer realmente a las personas con las que trabajamos.
Quizá por eso hoy me convence más una empresa data informed que una empresa data obsessed: una organización donde los datos ayudan a decidir, pero no deciden por nosotros. Porque podemos medir cada vez más cosas, pero eso no significa necesariamente que las entendamos mejor.
Y después de volver a ver “The Future of Data”, me queda una pregunta que entonces quizá no formulé exactamente así: ¿estamos utilizando los datos para comprender mejor a las personas o estamos convirtiendo a las personas en datos porque nos resulta más fácil comprenderlas así?
