Darío Bracho: «La estrategia empresarial termina materializándose en comportamientos concretos de personas concretas»
Senior Global Talent en Nascor Formación, división de Talento y Desarrollo de OCA Global, Darío Bracho reflexiona sobre cómo conectar la estrategia de negocio con el desarrollo de las personas, medir el impacto de la formación y aprovechar la inteligencia artificial para transformar el aprendizaje.
ENTREVISTA


Una empresa puede tener una estrategia excelente y, aun así, fracasar a la hora de llevarla a la práctica. Para Darío Bracho, la diferencia está en las personas, pero también en cómo las organizaciones desarrollan sus capacidades, acompañan su crecimiento y convierten sus objetivos en comportamientos concretos. Con más de una década de experiencia en consultoría de Recursos Humanos, defiende una visión del talento en la que bienestar, rentabilidad y aprendizaje no son cuestiones independientes. En esta conversación con La Voz del Talento analiza los errores habituales de la formación corporativa, los desafíos de las direcciones de Personas y las posibilidades que abre la inteligencia artificial.
La Voz del Talento: Tu trayectoria combina consultoría, desarrollo de negocio y Recursos Humanos, desde Deloitte hasta tu etapa actual en Nascor Formación. ¿Qué descubriste durante ese recorrido que cambió tu manera de entender el papel que tienen las personas en el crecimiento de una empresa?
Darío Bracho: Creo que una de las cosas que más he aprendido durante estos más de diez años trabajando en consultoría de Recursos Humanos es que una empresa puede tener una estrategia extraordinaria sobre el papel, pero si las personas no entienden qué se espera de ellas, hacia dónde va la organización y de qué manera contribuyen a ese objetivo, es muy difícil que exista un crecimiento realmente sostenible.
Al principio de mi carrera tuve la oportunidad de participar en proyectos muy vinculados a la planificación estratégica de grandes organizaciones y, posteriormente, en todo el aterrizaje de esa estrategia: modelos de competencias, comportamientos, cultura, desarrollo y formación, evaluación y medición. Y precisamente ahí entendí algo que ha marcado mucho mi manera de ver los Recursos Humanos: la estrategia empresarial termina materializándose en comportamientos concretos de personas concretas.
Para mí, una persona necesita saber qué tiene que hacer desde el punto de vista técnico, pero también qué espera la organización de ella en cuanto a comportamientos, cultura y forma de relacionarse con los demás. Y, además, necesita percibir que existe un proyecto profesional detrás: que se escucha su voz, que puede desarrollarse, que recibe feedback y que la evaluación no está concebida simplemente para medirla, sino para ayudarla a crecer.
He visto muchas organizaciones con muchísimo talento en las que, sin embargo, el desarrollo de las personas no estaba acompañado de una estructura o de una hoja de ruta clara. Y ahí es donde creo que Recursos Humanos puede generar un impacto enorme.
Hay una idea que intento aplicar mucho en mi trabajo: ser exigentes con el proceso y, al mismo tiempo, cuidar a la persona. Tener objetivos claros, medir, evaluar y pedir resultados, por supuesto; pero hacerlo dentro de un entorno en el que las personas entiendan el propósito, tengan posibilidades reales de desarrollo y sepan qué recorrido pueden construir dentro de la compañía.
Cuando eso está bien planteado, la fidelización, el compromiso y el desempeño dejan de ser acciones aisladas. Se convierten en parte de un sistema. Y creo que ahí es donde Recursos Humanos deja de ser únicamente una función de soporte y pasa a convertirse realmente en una palanca estratégica de crecimiento empresarial.
La Voz del Talento: En tu perfil hablas de conectar la rentabilidad con el bienestar laboral. Durante mucho tiempo esos dos conceptos parecían incompatibles. ¿Cuándo comprendiste que, bien gestionados, son precisamente dos caras de la misma moneda?
Darío Bracho: Es una pregunta muy interesante y lo fui comprendiendo cuando empecé a ver, en proyectos reales, el coste de no gestionar el bienestar. Porque cuando hablamos de bienestar muchas veces pensamos únicamente en lo que cuesta implantar determinadas medidas, pero pocas veces ponemos encima de la mesa cuánto cuesta no hacer nada.
Una organización puede invertir en feedback continuo, desarrollo, formación, liderazgo o flexibilidad y, evidentemente, todo eso tiene un coste. Pero también tienen un coste el absentismo, la rotación no deseada, una mala gestión de los equipos, el bajo compromiso o tener personas que están físicamente en su puesto pero que hace tiempo que han desconectado del proyecto.
Y esto cada vez se puede medir mejor. El propio INSST relaciona el estrés laboral no solo con la salud de las personas, sino también con el absentismo, el rendimiento y la productividad. Y los datos en España son suficientemente importantes como para que las compañías lo incorporen a su agenda: los trastornos mentales ya constituyen la segunda causa de baja por incapacidad temporal en nuestro país.
Para mí, ahí está precisamente el cambio de mirada: el bienestar deja de ser un gasto cuando somos capaces de gestionarlo como una variable empresarial. Y eso implica que Recursos Humanos tenga indicadores, que escuche a la organización y que trabaje conjuntamente con los líderes. No se trata de implantar acciones porque estén de moda, sino de entender dónde están los puntos de fricción y actuar sobre ellos.
Además, creo que hoy tenemos que ampliar muchísimo lo que entendemos por bienestar. Para una persona, bienestar puede ser tener flexibilidad y poder conciliar, pero también tener una carga de trabajo razonable, saber qué se espera de ella, contar con un responsable que sepa dar feedback, sentir que puede expresar una opinión sin miedo, recibir reconocimiento, tener oportunidades de desarrollo o simplemente poder desconectar cuando termina su jornada.
Por eso yo no entiendo el bienestar como una colección de beneficios o iniciativas aisladas. Lo entiendo como la calidad de la experiencia que tiene una persona dentro de una organización.
Y cuando esa experiencia está bien gestionada, evidentemente no significa que todo el mundo vaya a estar siempre feliz ni que desaparezca la exigencia. Una empresa tiene que cumplir objetivos y ser rentable. Pero precisamente por eso necesitamos personas que puedan rendir de manera sostenible.
Con los años he llegado a verlo de una forma bastante sencilla: rentabilidad y bienestar no son dos objetivos que tengamos que equilibrar como si fueran opuestos. Una buena gestión de las personas es una de las condiciones que hacen posible que una organización obtenga resultados de manera sostenible en el tiempo.
La Voz del Talento: Nascor Formación forma parte de OCA Global, pero hoy va mucho más allá de ser una empresa de formación. Si tuvieras que explicar qué aporta realmente Nascor a una organización que quiere transformarse, ¿cómo definirías vuestro papel?
Darío Bracho: Tal como dices, NASCOR va mucho más allá de ser una consultora de formación. Probablemente nuestro propio nombre puede llevar inicialmente a situarnos ahí, y es cierto que la formación es uno de nuestros grandes músculos: tenemos mucha experiencia en distintas modalidades, metodologías, innovación pedagógica y, sobre todo, en cómo generar una buena experiencia de aprendizaje.
Pero nuestro papel actualmente es mucho más amplio. Nos entendemos como un partner de apoyo a la Dirección de Recursos Humanos, capaz de acompañar a una organización en la construcción de una hoja de ruta en torno a sus personas, su desarrollo y los retos que tiene por delante.
Además, formar parte de OCA Global nos permite contar con el respaldo y el conocimiento de una organización internacional con miles de profesionales y múltiples áreas de especialización. Desde NASCOR, como división especializada en talento y desarrollo, eso nos permite aportar una mirada muy transversal y combinar capacidad consultiva, formación y conocimiento técnico.
Hay, además, un ámbito en el que hemos desarrollado una especialización importante: el cumplimiento normativo vinculado a Recursos Humanos. Y aquí suelo utilizar un ejemplo muy sencillo. Puedes ir a un restaurante donde la comida sea fantástica y donde incluso tengan detalles extraordinarios contigo, pero si cuando entras percibes que el espacio está descuidado o que existen cuestiones básicas que no funcionan (como la limpieza, por ejemplo), probablemente toda la experiencia se vea condicionada.
En Recursos Humanos ocurre algo parecido. Podemos hablar de liderazgo, talento, cultura, bienestar o desarrollo, pero antes tenemos que asegurarnos de que determinados fundamentos están bien construidos. Por eso, en muchas ocasiones comenzamos las colaboraciones ayudando a nuestros clientes a revisar, ordenar y dar respuesta a sus obligaciones y políticas en materia de personas para, a partir de ahí, poder construir.
Y probablemente esa es la parte que más me apasiona del proyecto. No llegamos con una solución estándar. Nos sentamos con cada organización, entendemos su realidad, en qué momento se encuentra, cuáles son sus objetivos y qué papel tienen que desempeñar las personas para alcanzarlos.
A partir de ahí, construimos conjuntamente una hoja de ruta que puede pasar por formación, consultoría, desarrollo, cultura, liderazgo o cumplimiento normativo. En definitiva, nuestro papel es ayudar a que la estrategia de Recursos Humanos se traduzca en acciones concretas que mejoren tanto la experiencia de las personas como la capacidad de la organización para alcanzar sus objetivos.
La Voz del Talento: Cuando se habla de Nascor aparecen conceptos como desarrollo del talento, Cultura de Alta Confianza, formación a medida, digitalización del aprendizaje, consultoría de RRHH, planes de igualdad o gestión de FUNDAE. ¿Cómo conseguís integrar todas esas piezas para que no sean servicios aislados, sino una verdadera estrategia de personas?
Darío Bracho: Precisamente ahí está una parte importante de nuestro trabajo. Cuando enumeras todos esos ámbitos parece que estamos hablando de muchas piezas independientes, pero en realidad todas deberían responder a una misma pregunta: qué necesita esta organización, desde la perspectiva de las personas, para llegar al lugar al que quiere llegar como negocio.
Y eso cambia bastante la conversación.
Nosotros intentamos no empezar hablando de cursos, de plataformas o incluso de proyectos concretos. Primero necesitamos entender la realidad de la compañía: cuál es su estrategia, qué momento está atravesando, qué preocupaciones tiene la Dirección de RRHH, qué está ocurriendo con sus equipos, qué obligaciones tiene que atender y dónde están realmente las brechas.
A partir de ahí es cuando puedes priorizar y construir una hoja de ruta. Quizá una organización necesita primero ordenar determinados aspectos de cumplimiento normativo; otra tiene perfectamente cubierta esa parte, pero detecta problemas de liderazgo o dificultades para desarrollar y fidelizar talento; y otra puede estar en pleno proceso de crecimiento y necesitar profesionalizar sus modelos de desarrollo, evaluación o aprendizaje.
Por eso para nosotros no existe exactamente la misma hoja de ruta para dos compañías.
Lo importante es conseguir que formación, cultura, liderazgo, desarrollo, igualdad, digitalización o incluso la propia gestión de FUNDAE no funcionen como proyectos que empiezan y terminan de manera aislada, sino como herramientas al servicio de unos objetivos previamente definidos.
Y hay otra parte que considero fundamental: medir. Si hablamos de estrategia tenemos que hablar de indicadores. Podemos medir participación y satisfacción, por supuesto, pero tenemos que intentar avanzar hacia indicadores que nos permitan saber si estamos modificando comportamientos, mejorando capacidades, reduciendo determinadas brechas o generando un impacto real en la organización.
De hecho, esto tiene cada vez más relevancia. La OCDE (la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, un organismo internacional que analiza políticas económicas, empleo, productividad y desarrollo de competencias entre sus países miembros) señalaba en su análisis sobre España que abordar los desajustes de competencias y desarrollar las capacidades de las personas es clave para mejorar la productividad de las empresas. Y FUNDAE registró en 2025, por primera vez, más de seis millones de participantes en formación dentro de las empresas. Es decir, las organizaciones están formando muchísimo; el siguiente reto es asegurarnos de que toda esa inversión responde realmente a una estrategia.
Ahí es donde creo que aportamos valor: ayudando a poner orden, priorizar, aprovechar los recursos disponibles y construir una hoja de ruta con objetivos, responsables, tiempos e indicadores.
Al final, para mí una estrategia de personas no consiste en hacer muchas cosas. Consiste en hacer las cosas adecuadas, en el momento adecuado, saber por qué las hacemos y ser capaces de demostrar qué están aportando tanto a las personas como al negocio.
La Voz del Talento: Muchas empresas siguen viendo la formación como un gasto obligatorio o como algo puntual. Después de trabajar con organizaciones muy diferentes, ¿cuál es el error más habitual que detectáis cuando una empresa intenta desarrollar el talento de sus equipos?
Darío Bracho: Para mí, el error más habitual no es necesariamente formar poco. A veces ocurre justo lo contrario: hay empresas que forman muchísimo, pero no tienen demasiado claro para qué están formando.
Y esto lo vemos con frecuencia. Se abre el plan de formación casi como si fuera una lista de la compra: un departamento pide Excel, otro liderazgo, otro comunicación, otro inteligencia artificial… Se ejecutan muchas acciones, las personas participan, incluso las valoraciones pueden ser excelentes, pero cuando termina el año aparece una pregunta bastante incómoda: ¿qué ha cambiado realmente en la organización gracias a todo eso?
Ahí es donde creo que está el verdadero problema.
Desarrollar talento no consiste simplemente en acumular horas de formación. Primero necesitamos saber qué capacidades necesita el negocio, qué competencias queremos desarrollar en las personas y qué comportamientos esperamos observar después.
Si una compañía quiere crecer, internacionalizarse, digitalizar determinados procesos o transformar su modelo de liderazgo, por ejemplo, la formación debería estar conectada directamente con esos objetivos. A partir de ahí podemos construir itinerarios, definir competencias, identificar brechas y decidir qué necesita aprender cada colectivo.
Y luego viene una parte que muchas veces olvidamos: medir. Porque una formación no debería terminar cuando una persona obtiene un diploma o completa un curso. Deberíamos preguntarnos si está aplicando lo aprendido, si ha cambiado determinados comportamientos, si su responsable percibe una evolución y, cuando sea posible, qué impacto está teniendo en indicadores del negocio.
También encontramos otro error bastante habitual: empresas que disponen de crédito de FUNDAE y que no lo conocen suficientemente, no lo planifican o terminan desaprovechándolo. Y eso me parece especialmente relevante porque estamos hablando de recursos que pueden ayudar a que esa estrategia de desarrollo sea mucho más eficiente económicamente.
Por eso, cuando una empresa me dice «queremos hacer formación», para mí la siguiente pregunta siempre debería ser: «¿Qué queréis que ocurra de manera diferente después de esa formación?»
Si somos capaces de responder bien a esa pregunta, dejamos de hablar de cursos y empezamos realmente a hablar de desarrollo del talento.
Y ahí está para mí la diferencia: la formación no debería ser un calendario de actividades; debería ser una inversión planificada para preparar a las personas para los retos que la organización va a tener mañana.
La Voz del Talento: En los últimos años las organizaciones han tenido que afrontar nuevas obligaciones normativas, avances tecnológicos y cambios culturales casi al mismo tiempo. Desde vuestra experiencia, ¿qué preocupa hoy realmente a los directores de Recursos Humanos y dónde estáis aportando más valor como partner estratégico?
Darío Bracho: Actualmente, uno de los ámbitos en los que estamos aportando más valor es precisamente el cumplimiento normativo vinculado a Recursos Humanos. En los últimos años hemos visto cómo han aparecido nuevas obligaciones y marcos regulatorios que no se resuelven simplemente elaborando un documento: requieren diagnóstico, consultoría, implantación, comunicación y, en muchos casos, formación.
Y creo que ahí está una parte muy interesante del momento que estamos viviendo. Cumplimiento, cultura, desarrollo y transformación ya no pueden gestionarse como realidades independientes. Una compañía puede estar trabajando en inteligencia artificial, transformando su modelo de liderazgo y, al mismo tiempo, necesitando avanzar en igualdad, diversidad, bienestar o prevención de riesgos psicosociales. Todo forma parte de la misma conversación: qué organización queremos construir y cómo preparamos a las personas para trabajar en ella.
Entre los proyectos que más estamos acompañando actualmente encontramos planes de igualdad y diversidad, protocolos y medidas asociadas, planes de movilidad sostenible, evaluaciones de riesgos psicosociales, estudios de clima laboral o proyectos relacionados con nuevas formas de trabajar y gestionar personas.
Pero hay además una línea que está creciendo muchísimo y que personalmente me parece especialmente interesante: el desarrollo de formación digital completamente a medida.
A través de nuestra línea de Content Factory partimos de la realidad concreta de cada organización (su cultura, sus procesos, sus casos, su lenguaje e incluso situaciones que las personas pueden encontrarse en su día a día) y lo transformamos en una experiencia formativa digital en formato SCORM.
Y ahí interviene un equipo multidisciplinar. No hablamos únicamente de diseñar contenidos atractivos: necesitamos una mirada técnica que garantice el rigor, una mirada pedagógica que consiga que realmente se aprenda y una mirada creativa y tecnológica que haga que la experiencia resulte diferencial.
Para mí, ese es precisamente el valor: pasar de una formación genérica que podría servir para cualquier empresa a una experiencia en la que la persona reconoce su organización, entiende por qué aquello le afecta y sabe cómo trasladarlo a su trabajo.
Al final, tanto cuando hablamos de cumplimiento normativo como cuando hablamos de inteligencia artificial, cultura o desarrollo, nuestro objetivo es el mismo: ayudar a las organizaciones a convertir esos retos en proyectos reales de transformación, y no simplemente en iniciativas que se quedan sobre el papel.
La Voz del Talento: La inteligencia artificial, el aprendizaje continuo y la transformación digital están redefiniendo la forma en que aprendemos y trabajamos. ¿Cómo imaginas la evolución de Nascor durante los próximos años y qué papel jugará la tecnología sin perder el componente humano que defendéis?
Darío Bracho: Creo que estamos ante un cambio bastante más profundo que simplemente incorporar nuevas herramientas tecnológicas a la formación. Está cambiando la propia manera en la que aprendemos, practicamos y desarrollamos habilidades. Y en NASCOR estamos ya muy cerca de esa transformación.
Hay algo que siempre me ha parecido muy evidente: una habilidad no se desarrolla porque alguien nos la explique una vez. Se desarrolla practicando, equivocándonos, recibiendo feedback y volviendo a intentarlo.
Pensemos, por ejemplo, en un equipo comercial. Podemos enseñar perfectamente un modelo de venta, negociación o gestión de objeciones en una formación. Pero el verdadero desarrollo empieza después, cuando esa persona tiene que sentarse delante de un cliente, ponerlo en práctica y repetirlo muchas veces hasta interiorizar determinados comportamientos.
Y ahí creo que la inteligencia artificial abre una posibilidad extraordinaria.
Hoy ya podemos crear entornos en los que una persona practique una conversación comercial, una negociación, un feedback difícil o una situación de liderazgo con un interlocutor virtual que reaccione a lo que está diciendo y le permita entrenar una y otra vez. Y esto va a evolucionar muchísimo.
Para mí, el verdadero potencial de la IA aplicada al aprendizaje está precisamente ahí: hacer posible una práctica mucho más frecuente, personalizada y acompañada de feedback, algo que hasta ahora era muy difícil escalar dentro de una organización.
Y ya estamos empezando a tener evidencia interesante. Un estudio del National Bureau of Economic Research realizado con más de 5.000 profesionales de atención al cliente observó que quienes trabajaban apoyándose en una herramienta de IA generativa aumentaron su productividad alrededor de un 14 %. Pero para mí lo más interesante es que la mejora llegó aproximadamente al 34 % entre los profesionales con menor experiencia. Es decir, la tecnología parecía estar ayudando especialmente a quienes todavía estaban construyendo su conocimiento y sus habilidades.
En aprendizaje encontramos señales similares. Investigadores de Stanford probaron un sistema de IA que asistía en tiempo real a tutores durante sus sesiones. Los estudiantes atendidos por tutores que disponían de ese apoyo tuvieron una probabilidad cuatro puntos porcentuales mayor de dominar los contenidos, y la mejora llegó a nueve puntos cuando el tutor tenía inicialmente una valoración más baja.
Y eso me parece especialmente revelador porque la tecnología no estaba sustituyendo al tutor; estaba ayudando al tutor a hacerlo mejor.
Ahí está también mi visión del futuro de NASCOR. No creo que nuestra evolución consista en sustituir al consultor, al formador o al responsable de un equipo por una máquina. Creo que consiste en utilizar la tecnología para ampliar lo que esas personas son capaces de hacer.
Imagino cada vez menos un modelo de aprendizaje basado únicamente en «hago un curso y termino» y cada vez más ecosistemas de aprendizaje continuo: itinerarios personalizados, contenidos que se adapten a la persona, simulaciones, práctica, feedback inmediato, recursos disponibles justo cuando los necesito y datos que permitan entender dónde está progresando una persona y dónde necesita refuerzo.
Pero hay una condición que para mí es fundamental: no toda incorporación de inteligencia artificial supone automáticamente una mejora del aprendizaje. La tecnología tiene que tener detrás un diseño pedagógico, un objetivo y un criterio. La investigación reciente también está advirtiendo precisamente de esto: utilizar IA sin estructura puede generar una falsa sensación de aprendizaje, mientras que los modelos diseñados para acompañar, hacer preguntas, dar pistas y provocar reflexión obtienen resultados mucho más interesantes.
Por eso creo que nuestro papel va a ser cada vez más importante. La tecnología podrá acelerar enormemente el aprendizaje, pero alguien tendrá que decidir qué merece la pena aprender, qué comportamientos queremos desarrollar, cómo medimos ese progreso y cómo conectamos todo eso con la estrategia de la organización.
Y ahí vuelve a aparecer el componente humano.
Un algoritmo puede ayudarnos a practicar una conversación cien veces. Pero comprender por qué una persona necesita desarrollar esa habilidad, acompañarla, motivarla, generar confianza o entender el contexto de un equipo sigue requiriendo una mirada profundamente humana.
Por eso, más que hablar de tecnología frente a personas, yo hablaría de personas potenciadas por tecnología. Y creo que buena parte de la evolución de NASCOR durante los próximos años estará precisamente ahí: aprovechar toda la capacidad que nos ofrece la inteligencia artificial para conseguir un aprendizaje más personalizado, continuo y medible, sin perder nunca de vista que el objetivo final sigue siendo desarrollar personas.
La Voz del Talento: Si dentro de diez años una empresa alabara el impacto de Nascor, ¿qué te gustaría que dijera? ¿Que ayudasteis a formar profesionales, a transformar organizaciones o, sobre todo, a demostrar que el desarrollo del talento puede convertirse en una ventaja competitiva real?
Darío Bracho: Hace un tiempo, al terminar una conversación con una directora de Recursos Humanos, me dijo una frase muy sencilla: «Gracias, Darío, por tener siempre una mirada puesta en aportar soluciones».
Y probablemente, si dentro de diez años tuviera que elegir cómo me gustaría que hablaran de NASCOR, sería algo muy parecido a eso.
Me gustaría que nuestros clientes recordaran que, cuando tuvieron un reto, no encontraron delante simplemente a un proveedor que les ofrecía un curso, una consultoría o un proyecto más. Que encontraron un equipo que se sentó a escuchar, que entendió su realidad, que hizo las preguntas necesarias y que fue capaz de decir: vamos a buscar juntos la mejor manera de resolverlo.
Porque para mí la consultoría tiene mucho de eso. De conocimiento técnico, por supuesto, pero también de cercanía, curiosidad, compromiso y capacidad para mirar un problema desde distintos ángulos hasta encontrar una solución que realmente tenga sentido para esa organización.
Me gustaría que dijeran que ayudamos a desarrollar profesionales, claro. Que contribuimos a transformar organizaciones, también. Pero, sobre todo, que conseguimos que las empresas entendieran que invertir en sus personas no era algo accesorio al negocio, sino una manera de fortalecerlo.
Que detrás de una mejora en liderazgo hubo equipos que empezaron a trabajar mejor. Que detrás de una estrategia de desarrollo hubo personas que encontraron oportunidades que antes no veían. Que detrás de una transformación cultural hubo conversaciones que empezaron a producirse de otra manera. Y que detrás de cada uno de esos cambios existió también un impacto en la capacidad de esa organización para crecer, innovar y competir.
Por eso hablamos tanto internamente de mejora continua. No queremos dar por hecho que una solución funciona simplemente porque ayer funcionó. Nos preguntamos constantemente qué podemos hacer mejor, qué está cambiando en las organizaciones, qué nuevas necesidades están apareciendo y cómo podemos seguir aportando un valor que sea realmente diferencial.
Y creo que esa inquietud también define bastante bien lo que queremos llegar a ser: una consultora integral capaz de acompañar a las organizaciones en los momentos importantes de su evolución, sin perder nunca de vista que detrás de cada estrategia, cada indicador y cada cuenta de resultados hay personas.
Así que, si dentro de diez años alguien hablara de NASCOR, probablemente no me gustaría que dijera únicamente que fuimos muy buenos formando profesionales.
Me gustaría escuchar algo mucho más sencillo:
«Cuando necesitábamos avanzar, NASCOR nos ayudó a encontrar el camino».
Porque, al final, creo que ese es el mayor reconocimiento que puede recibir un consultor: haber dejado a una organización mejor preparada de como la encontró y a sus personas con más posibilidades de crecer dentro de ella.
