Cuando en RR. HH. menos es más

A veces, aportar más valor no exige lanzar nuevas iniciativas, sino revisar, simplificar y entender mejor qué necesita realmente el negocio.

OPINIÓN

Covadonga Hernández

8/14/20262 min leer

Seamos sinceros, a todos (o casi todos) nos ha pasado. Llenamos la oficina de fruta y subvencionamos un gimnasio que casi nadie usa, nos gastamos una pasta en formaciones y, el día de la verdad, tenemos que perseguir a la gente para que asista, montamos proyectos interminables… Y es que eso de que “menos es más” muchas veces es lo que mejor funciona.

Quizás este planteamiento sea poco popular y me caiga un aluvión de críticas, pero creo que a veces entramos en una dinámica de grandes proyectos, best practices y presupuestos inmensos. ¿Ocurre desde una perspectiva totalmente noble? Sin lugar a dudas: detrás hay un equipo que ha dedicado muchas horas a hacer algo con la mejor de las intenciones, con pasión y con el interés genuino de impactar en las personas y en la cultura organizacional.

Sin embargo, a veces nos preocupamos tanto por querer sorprender e innovar que olvidamos que la esencia y lo sencillo suelen ser lo que gana. Creo que en recursos humanos aportamos gran valor cuando nos preguntamos si lo que estamos haciendo es realmente lo que el negocio necesita, cuándo lo necesita y cómo lo necesita. Porque el negocio está vivo: las necesidades cambian, las prioridades también, y la situación económica de la empresa no se mantiene estática a lo largo del tiempo.

Es irónico que, para mejorar lo que hacemos, muchas veces acabamos agregando más elementos cuando lo que necesitamos es simplificar. Por eso creo que dedicar un tiempo al año a reevaluar nuestros proyectos nos ayuda a poner los pies en la tierra:

1. Recopilación de contexto. Da igual que llevemos en una empresa tres días o que tengamos el nivel súper pro de conocernos al dedillo la lista completa de la plantilla: el contexto, las prioridades del negocio, los desafíos de la empresa y el pulso de la gente cambian y están vivos. Identificar estos elementos es clave para hacer autocrítica: lo que estamos haciendo y lo que tenemos planificado, ¿es lo que la empresa necesita hoy, dentro de seis meses y dentro de nueve?

2. ¿Y si esta empresa fuera la mía? Esta pregunta, tan simple y evidente, es la que nos puede hacer cambiar el chip de “qué proyecto desarrollo este año para presentar y sorprender” a “¿qué necesita de verdad este negocio y qué puedo hacer yo para ayudar?”. Hablar de reducción de tiempos, costes y procesos muchas veces “pone más” que las grandes acciones.

3. Keep it Simple. En ocasiones, el tiempo que llevamos dedicándole a una iniciativa es directamente proporcional a su nivel de complejidad y de burocracia. Poner el freno de mano una vez al año y revisar los procesos nos ayuda a identificar ineficiencias, automatizar tareas e incluso eliminar partes que realmente no son necesarias.

4. Ponlo en valor. Por supuesto, hay que comunicar; por supuesto, hay que saber reflejar lo que se hace desde el departamento y, sin lugar a dudas, hay que dar a conocer los proyectos y dar visibilidad a las personas que los hacen posible.

Porque muchas veces, un lavado de cara, una simplificación de procesos y una comunicación que recuerde que estamos ahí pueden impactar más que lanzar mil iniciativas nuevas.

¿Creéis que ese pit stop es necesario?