Copiloto humano
La inteligencia artificial ya está sentada junto a nosotros. Mientras aprendemos a trabajar con ese copiloto digital, la función de Personas tiene ante sí otro reto: ocupar el asiento desde el que acompañar la transformación sin perder aquello que ninguna tecnología puede sustituir.
OPINIÓN


No sé si te gusta la Fórmula 1 o has tenido la oportunidad de ver alguna carrera de cerca. De hecho, es uno de los deportes que suelen utilizar de ejemplo como equipos de alto rendimiento, por el altísimo nivel de eficiencia y presión de cada carrera, de cada curva del circuito. Tengo un amigo que es ingeniero de una de esas marcas. Alguna vez me ha invitado a acompañarle y he podido estar dentro de boxes, a pocos metros del coche, observando de cerca cómo trabaja un equipo cuando todo está en juego. Confieso que llegué sin conocer demasiado sobre las carreras de coches y me fui con una mirada mucho más profunda, esa que nunca consigo apagar del todo y que me ha inspirado a escribir hoy este artículo y compartirlo con vosotras y vosotros.
Desde fuera, la Fórmula 1 parece un deporte de una sola persona, incluso empapado de opulencia. Un piloto famoso, un coche espectacular, una vuelta perfecta. Desde dentro descubrí otra cosa, no es una pasarela de marcas de lujo, se trabaja en equipo. El piloto nunca corre solo. Durante toda la carrera tiene en el oído una voz que lee lo que él no puede ver: la temperatura de los neumáticos, el desgaste, el momento exacto de entrar a boxes, la décima que se gana o se pierde en cada curva. Esa es la voz de mi amigo, que lleva años en este mundo tan demandante como excitante para él, con sus viajes, sus exigencias y sus semanas de alta intensidad.
Lo que más me impresiona no fue la tecnología, que la hay y mucha. Es la confianza. La forma en que el piloto escucha esa voz sin dudar, y la forma en que quien habla elige cada palabra sabiendo que al otro lado hay alguien jugándose muchísimo. A veces incluso su propia vida.
Ninguno de los dos gana por separado. El ingeniero, sin piloto, no mueve el coche. El piloto, sin esos datos, pierde tiempo en cada vuelta sin entender por qué.
Cada persona ya tiene su copiloto
En muchas ocasiones, cada vez que pienso en un agente de inteligencia artificial, me viene a la cabeza aquel box. Porque eso es exactamente un agente hoy. La persona sigue con las manos en el volante, y no conviene que lo suelte. El criterio, la decisión y la responsabilidad de lo que ocurre en la curva siguen siendo suyos. Pero ya no interpreta la carrera solo. Tiene al lado una inteligencia que procesa lo que ella no alcanza a ver y le devuelve, en el momento justo, lo que necesita para decidir mejor.
Y quiero ser muy sincera con quienes, como yo, trabajamos en desarrollo del talento y liderazgo. Durante mucho tiempo nos convencimos de que la clave estaba en gestionar la información y la comunicación. Hoy ya no se controla del todo. Si lo pensamos bien, nunca se controló del todo, simplemente ahora es más evidente. Circula, se comparte y se mueve por caminos que ninguna política ni protocolo cierra por completo. Cuando ponemos toda la energía en levantar un muro perfecto que no va a existir, nos quedamos sin fuerza para lo que de verdad transforma una organización.
Por eso creo que lo inteligente no es intentar frenar lo que ya está pasando. Es mirar hacia dentro, decidir qué procesos merecen volverse más eficientes y diseñar para ellos agentes profesionales, pensados y cuidados, que se puedan compartir y que cada persona adapte después a su manera de trabajar. No una herramienta impuesta desde arriba, sino una base común que cada uno afina.
La tecnología que no sale en ninguna pantalla
Esta es la parte que más me importa y la que más me impactó aquel día en boxes. Si cada persona tiene ya su copiloto digital, ¿quién es el copiloto humano de la organización entera? Yo lo tengo claro, hoy ese papel le toca a la función del área de Personas, Recursos Humanos o Cultura. Siempre que ocupen ese espacio y lo lideren de forma activa y proactiva. U otras funciones ocuparán ese espacio necesario. Nos toca dar un paso en esta transformación y en los retos que ya conviven con nosotros.
Porque existen retos y no siempre los escribimos en una presentación o en un plan estratégico. Retos internos. El silencio de alguien que, de repente, deja de proponer en las reuniones. El cansancio de quien lleva tres transformaciones seguidas sin tiempo para digerir ninguna. El miedo a quedarse atrás que casi nadie se atreve a decir en voz alta y que, sin embargo, frena más que cualquier falta de formación. Y es también el talento que lleva años esperando que alguien lo mire y que alguien ahí arriba sigue estando demasiado atareado para poderlo ver.
Leer esa información organizativa es el trabajo del copiloto humano. Saber dónde hay desgaste, dónde hay potencial dormido y qué competencias van a marcar la próxima curva. Y dar la indicación en el momento justo. Para eso las áreas de Personas tienen que dejar de ser el área que aprueba o frena y convertirse en la que acompaña la transformación. Eso significa un upskilling real, que lleve las capacidades de cada persona al siguiente nivel, en lugar de dejarla correr con un coche que ya no da más de sí y se ha quedado con las ruedas desgastadas cuando más falta hacen.
Saber cuándo entrar a boxes
Si algo aprendí viendo trabajar a un equipo desde dentro, es que una de las decisiones más difíciles de la carrera es cuándo parar. Entrar a boxes cuesta segundos, y nadie quiere perderlos. Pero quien no para a tiempo acaba perdiendo la carrera entera, con unos neumáticos que ya no agarran al asfalto.
En las empresas nos cuesta muchísimo parar. Encadenamos proyectos, herramientas y reorganizaciones como si la pista no tuviera final, y después nos sorprende el absentismo, la desconexión o que se nos vaya precisamente quien menos queríamos perder. Un copiloto humano sabe que el rendimiento sostenido necesita pausas, que aprender algo nuevo exige espacio y que el bienestar no es un premio para cuando termine la carrera. Es lo que permite terminarla. A veces la indicación más valiosa no es «acelera», sino «entra ahora, que te cambiamos las ruedas».
Hay otra cosa que me llamó mucho la atención y tenía que ver con mi amigo, los buenos ingenieros saben callar y observan, se mantienen cerca. No saturan al piloto en mitad de una curva. Eligen el momento, dicen lo justo y confían. Acompañar a las personas se parece mucho a eso. Menos ruido, más precisión y una confianza que se nota sin necesidad de explicarla.
Si vamos a dejar en manos de la máquina buena parte de lo repetitivo, tenemos que decidir con mucha intención qué capacidades humanas queremos seguir cultivando. El criterio. La escucha. El coraje de decidir cuando nadie te da la respuesta hecha. La empatía. La coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos. Nada de eso lo pone el copiloto digital, lo pone la persona. Y es justo lo que más nos va a distinguir, siempre que no lo dejemos de entrenar por comodidad. La tecnología más avanzada del mundo no sustituye el instinto de quien lleva años sintiendo el coche. Eso tiene mucho de intuición, incluso de talento, incluso de arte.
Me atrevo a anticipar que dentro de poco tiempo, cuando alguien se siente en una entrevista, la conversación no girará alrededor del currículum vitae. Importará cada vez menos qué estudió o cuántos títulos acumula. Querremos saber algo mucho más relevante: «Tú y tu agente, ¿qué sabéis hacer juntos? ¿Qué problema que antes os llevaba una semana resolvéis ahora en una tarde, y qué hacéis con el tiempo que queda libre para aportar lo que solo una persona puede aportar?».
Como me gusta decir a menudo: «Aporta o aparta». No es banal, debemos aportar a nuestro entorno; si no, a veces la decisión más honesta es dejar lugar a otra persona que lo pueda hacer. El futuro no premiará el archivo de méritos, premiará a quien aporta, de verdad.
Y no lo digo solo por intuición. Hace poco he conocido una startup que trabaja precisamente en esto, y salí convencida de que va a cambiar la forma en que entendemos la selección. No parte del currículum, sino de lo que de verdad importa, que es qué sabe hacer una persona, cómo piensa, cómo resuelve y qué es capaz de crear cuando suma su criterio a la tecnología que tiene al lado. Cuando ese enfoque sea la norma, y lo será muy pronto, buena parte de lo que hoy damos por sentado en un proceso de selección quedará atrás.
El asiento que sigue libre
No hablo de ciencia ficción ni de algo que vaya a pasar dentro de diez años. Está pasando ya hoy, en tu equipo, probablemente mientras lees esto. Las personas ya han salido a la pista, de forma proactiva, con su copiloto digital al oído.
Lo que todavía está libre es otro asiento, el del copiloto humano. El que lee lo que no sale en los datos, el que sabe cuándo parar y cuándo empujar, el que cuida de quien lleva el volante. Ese que sostenga la parte humana de cada organización.
Cuando salí de aquel box, me quedé con una imagen muy clara, la de un equipo entero pendiente de una sola persona, y esa persona confiando en que no estaba sola. Me gustaría que nuestras organizaciones se parecieran un poco más a eso. Lo único que queda por decidir es quién va a ocupar ese asiento y acompañar esta transformación con criterio y con humanidad, o si va a seguir debatiendo en la sala de al lado mientras la carrera ya ha empezado.
Prepara la carrera, tu copiloto y toma fuerte el volante. Las curvas vienen y puede ser maravilloso recorrerlas si avanzas esa mirada hacia la siguiente curva, sin miedo. Con la esperanza de que existen oportunidades para adaptar nuestra mirada humana en un mundo profundamente tecnológico.
